miércoles, 19 de diciembre de 2012

XIX



Recuerdo el verano de 1985 como cualquier otro verano de mis años. Recuerdo, con vaguedad, un instante, por demás prodigio, en el que, posiblemente, se pudieron haber mezclado ciertas disposiciones [o tal vez, reunido varias y catastróficas maneras] en el que los dioses, dentro del tedio, vieron, a través de sí, una posibilidad de burlarse de ellos mismos. Porque a la humanidad le hace falta eso: burlarse y acercarse más a lo sagrado, tomar en una sola mano toda la divinidad y amarrarla a cualquier parte del cuerpo, ahogarse, como podría ahogarse un niño en el vientre, de aquel amor y aquella indiferencia que lo sobreprotege a un lugar que ha sido exclusivamente creado para él. Recuerdo ciertas cosas que se me tornan como el vidrio hoy recien instalado en el baño de casa, lo difuminado de aquellas ilaciones no podrían ser meras coincidencias en esta noche, algo me hace recordar el verano, la tarde, las acciones y los posibles resultados de aquella catástrofe a la que tuvieron mal colocarle nombre. Sí, hoy recuerdo el verano de cierto año, de cierta hora precisa.



De: Soliloquiorum libri.



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viernes, 9 de noviembre de 2012

XVIII



¡Una fotografía! Quién fuera una fotografía liberada de la mirada de un fotógrafo. Quién la naturaleza encerrada en la lente de un aparato. ¿Quién? Por supuesto yo no. No soy quien está llamado a perpetuar el mundo tras el iris del artista. Yo no soy el que posee la capacidad de atrapar los momentos de la vida, los instantes de la vida que, indudablemente, ya se me han escabullido por las telarañas de las venas. No. Irrefutablemente no soy yo el que descubre el universo a cada paso. Yo que no salgo de casa sino es para comprar souvenirs de alguna tienda de turismo; yo que siempre agosto las calles en pos de cansar mis piernas; yo que he sido [y que eternamente seré] el individuo asiduo a concurrir las carnicerías, en visitar los mercados en donde lo único extravagante -exageradamente sorprendente- son las conversaciones con aquel vendedor a quien su esposa le es infiel, a quien los hijos han dejado por ser un simple carnicero [no haber salido de la mazmorra de su infancia resultó demasiado caro]. No es aquí donde el camarógrafo encuentra un sitio seguro. No. Ni aquí ni allá en todos estos metros cuadrados atiborrados de gente común, gente que despierta, que sale de casa, que compra verduras y regresa con las nuevas noticias policiales. No y mil veces no. ¿Qué podrían ustedes esperar, entonces, de mí? ¿Qué habrían de esperar de este hombre andando los caminos de supervivencia? ¿Qué podrían adquirir de interesante de un individuo chapado en el caño de su juventud? Solo él, el artista con el llamado, el ilustre con la capacidad en el alma: sólo él que andando mis caminos encuentra sorpresas en los perros que ladran tras la reja; el que no huye y se enfrenta a los pormenores de la vida, el que le hace frente y retaguardia a los errores del destino: el que sólo abre los ojos y ve, como podría yo ver si tuviera la capacidad suya, toda naturaleza desnuda tras la mica de las gafas viejas.

El arte no se hizo para los poetas, los poetas no nacen bajo la custodia de los dioses [en esto Virgilio estuvo equivocado]: el arte corre de nuestras manos para fundarse en sitios que nunca habrán de dilucidarse. Caso perdido, como el ahora, que yo regreso del mercado y hojeo los diarios y observo bellas imágenes que mi mente nunca podrá dar a luz. Caso perdido, como mañana, que nuevamente saldré de casa, que le oiré a vendedores su desdichada vida pero que aún así son felices porque -en palabras de ellos- es una nueva oportunidad para aprovechar las bonanzas del destino. Yo regresaré a la habitación y leeré -como todas las mañanas- los periódicos, como todas las oportunidades perdidas mis hojas y encontraré un poema en donde hable de un hombre miserable, quizá de algún vendedor o de otro similar, que abre los ojos ya no para despertar, sino para no dormirse nunca. Tal vez halle otro escrito del mismo hombre pero ahora más triste: yo lo nombraré de cierto peculiar modo, yo lo haré vivir aquí dentro, lo abrazaré ahí mismo, haré que nunca muera. En esto Virgilio y todos los poetas se han equivocado. Yo, de modo sincero, pido disculpas por su falta.



De: Soliloquiorum libri
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martes, 6 de noviembre de 2012

XVII



Pienso en libertad y viene a mi mente la imagen de la mariposa. Insecto que viaja, que solo viaja a donde el viento lo empuje. Pero me gusta verlo de ése modo, imaginarme, fracasar imaginarme, ser todos los insectos, incluso todos los reptiles. En mis manos poseo la libertad tautológica, las sensaciones pueriles de que yo mismo no sería capaz, si quiera, se imaginarme tal como soy; que dispongo de ciertos medios para hallarme donde no se me da sitio, que viajo como podría viajar cualquier hombre de negocios enclaustrado en un escritorio. Si cierro los ojos y trato de sentirme libre no es para huir de cierta realidad exhumada en el cigarrillo, trato de curar a través de mí lo que nunca debió abrirse, rascar y coser una tela que diario habito en pluralidad; es no sentirse libre de sí porque hay algo que perdimos al entregamos, algo que alguien no quiso por no estar en sus planes, que alguien dejó esperando en alguna sala de hospital o que alguien prometió visitar a un preso inocente; es para acumular más nostalgia, más sitios inhabitados en la oscuridad de los ojos; es ponerse cada vez más triste al inventar las cosas que a uno podrían hacer feliz y que, sin embargo, hieren, lastiman como cuando a uno le son cortadas las alas o amputan la vida para refrenarse en un estante de un coleccionista. 

Si digo más es porque no sé explicarme.




De: Soliloquiorum libri



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lunes, 5 de noviembre de 2012

XVI




Negarme es confirmar que yo, tal vez, existo. Es volverme a negar [una y tantas veces] ante mis sensaciones. No doy cavidad para encontrarme, hacerlo sería quedarme simplemente parado como las sucias estatuas, menguarme cada día sin responsabilidad de un posible mañana lleno de fracasos, de un ahora no existente porque yo ya no sería el ahora ni el aquí, sería como ser lo supuesto, lo hipócritamente supuesto de lo que realmente soy. Negarme es Yo, poeta imaginario.




De: Soliloquiorum libri



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XV



Me gusta imaginar que mis palabras son una mariposa volando por un campo floreciente. Yo he andado infinidad de valles esparciendo semillas como un campesino que ara la tierra. Ignoro si aquellas simientes alguna madrugada florecerán para dar fruto. Solo ando con la esperanza puesta en mis manos, únicamente doy pasos entre las líneas para hundirme más entre los surcos: no dejo de ser yo el producto de mí mismo. 




De: Soliloquiorum libri


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XIV

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CONTRACANTO


Cierro los ojos; en toda esa lucidez veo un muro.




De: Soliloquiorum liber



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sábado, 3 de noviembre de 2012

XIII



Yo percibo a cada paso la ausencia de la noche. Siento dentro de mi alma que alguien va a entrar por la puerta que está cerrada desde la mañana de mi infancia. Siento al aire sonreír por aquellos sitios que se han ocultado a mi mirada, que se van para, tal vez, ya no volver al iris de mis impresiones. Yo mismo me he perdido por la falta de asombro. Es verdad, no soy el niño que ayer pensaba transmutar su juventud, del adolescente pensando crear un Universo que contenga [y me contenga] con el más alto aliento de prolífica lucidez. Hoy me hago viejo con estas palabras que sigo dictándome en la consciencia de mi mente; sigo, indudablemente, triste por aquellos sitios que dejé de recorrer por orden del destino, por naufragio de la certeza que jamás llegó a mis manos [y si llego, pensé que no me serviría de nada en esta espiral que se me dicta en laberinto].

Hoy se me ha hecho tarde la salida del viaje de la vida. Se me hizo tarde el destino para caminar por las estaciones concurridas de ademanes. Yo añoraré, algún día, estar arriba de aquel autobús que me divagará por ciertas partes del mundo, de despedirme de alguien con cierta felicidad comprimida en mis ojos, de prometer volver al sitio que me mantuvo con benevolencia en la misma llaga del viaje no decidido, de ver a aquel muchacho con la tristeza expuesta levantando la mano, despedirme y aferrándose a un porvenir del día no de mañana. Abriré la ventana y me veré, ahí también, despidiéndome, acostumbrándome sin mí, con la maleta a un lado saludando a quien parte, moviendo mis huesos -a desvoluntad- hacia la puerta del vagón, hacia el sitio de salida. Yo estaré en el autobús, en la terminal, en todas partes donde un hombre sienta nostalgia al despedirse. Estaré ahí con toda esa gente alzando la mano sin saber si quiera, si despido o doy la bienvenida; caminando a tientas, deteniéndome con certeza: soy un equipaje, un bulto no documentado que  olvidé en la sala del destino.





De: Soliloquiorum libri


lunes, 22 de octubre de 2012

XII

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En cada lectura que realizo, veo sueños comenzando a germinar en lo negro de las letras. Aquella hipótesis vuelve y yo sigo sin poder concluir un resultado que abarque mis sensaciones en todo el esplendor de la belleza. Por las mañanas camino entre las calles de este cementerio, no puedo dejar de observar a toda esa gente de los parques amotinándose como pájaros salvajes sobre los metales. No tiene caso quedarme varado en el escenario de la vida, no tiene caso quedarme con la imagen del destino. Yo soy como cierto imán atrayendo para sí cada sensibilidad del alma, cada momento del día que continuamente se repite ante mis ojos al abrir la ventana. Por momentos pienso en las cosas que se me han escapado entregándome al sueño, cada año es una postal colgada en la pared del futuro, cada pasado es el presente golpeando la puerta queriendo entrar para anidarse en los muebles viejos de la casa. Pero vuelvo y estoy en el sitio de siempre. No trato de entenderme. Hacerlo sería encontrarme nuevamente en el mismo lugar, con la misma ropa que ayer tuve y que hoy vuelvo a usar no por falta de prendas, sino por evitar el ritual de la estética, por aplazar el tedio y el cansancio que me producen al pensar unir un color con otro: para mí la belleza es ignorar los ciclos del universo, es saber, no comprendiendo, por qué dentro de aquella oscuridad surgen galaxias cargadas de luces y colores que, quizá, ni ellas supieran explicarse. ¿Cómo podría yo entender así la belleza?, ¿cómo sería capaz, si quiera, de poseer belleza en mis palabras? Mi corazón es un muérgano latiendo por la monotonía de la sangre, un asterisco colocado al final de cierta página no escrita. A veces pienso que cierta discapacidad es un alivio; si yo fuera aquel hombre a quien le faltara un brazo, aquella gente que tuviera su vida colgando de una silla de ruedas, el enfermo hablando con la sombra del árbol, este niño con una deformidad en el rostro... la gente se compadecería de mí, la gente, por lastima, me dirigiría un saludo, me arrojaría una moneda o algunas palabras de aliento; la ausencia de cariño menguaría al sentarme en la banca, yo quedaría abierto de brazos para dar la bienvenida al cariño; yo conocería la felicidad en la puerta de mis ojos y rebozaría contento mientras termine el día; yo sería el pobre hombre que no tiene sino la lastima de la gente que pasa frente a mí, de todos los que me ven desde lo lejos y, aún así, sienten compasión; de los que piensan que mi vida es un castigo cometido por mis padres, de los que, incluso, me miran con indiferencia y repugnancia, de ellos tendría el aliento compasivo de compadecerse de mí. Pero mi problema es otro, ¿cómo hacerles saber a ellos que sufro?, ¿cómo demostrar en mis brazos, en mis piernas, en mi rostro que yo necesito su compasión, su cariño? Sufro un mal que no tiene visibilidad exterior, ante la ignorancia de un Dios quedo perplejo de su indiferencia. Sólo mi Alma sabe que yo he llorado al ver caer la lluvia de esta noche, mi lucidez no me sirve de nada en esta hora en que sigo hojeando un libro que también sufre, que imaginariamente sufre y que yo sufro al saber que no es verdad. Ni siquiera trato de entender la vida [yo no estuve hecho para eso] sino mi inteligencia [innecesaria] que tontamente devora un conocimiento que a nadie de mis hermanos le sirve. Yo soy un poeta discapacitado de la vida que así como podría necesitar de un libro, así también puede necesitar de un abrazo.






De: Soliloquiorum libri.



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martes, 9 de octubre de 2012

XI


Termino viejas cartas prolongadas por desidia. Por la mañana un estremecimiento de miedo acuñó mis sensaciones y por un instante sentí que hoy sería mi último verano. Pensé en todas las cosas que he iniciado y que jamás he podido concluir: mi capacidad continúa falta de inteligencia y perspicacia, mis sentidos aún en esta hora son iguales a la noche de ayer y a las consecutivas de una forma pasada y futura. Siempre la misma historia, siempre, iniciar e iniciar proyectos cuando mi vida ha sido una telaraña dejada a mitad de su construcción porque quien la edificaba se dio cuenta que el sitio, en donde la estaba construyendo, no era el espacio perfecto para resguardarse: el primer inquilino de la casa abandonada abriría la puerta y, en primera instancia, divisaría mi construcción y no tardo la derrumbaría. [Entonces, aquella araña abandonó su proyecto y se marchó a un sitio lóbrego, libre de las miradas que entorpecerían su trabajo; su misión que así la llamaba quizá por alguna razón divina o tal vez caprichosa era, en cierta forma, un capricho lleno de inteligencia divina. No podemos cuestionar a la araña que busca y seguirá buscando un sitio; no hay preguntas hacia ella que nos dé un motivo por el cual toda su vida se pasa construyendo un paraíso que, indudablemente, la mano de un ser superior arrebatará en cuestión de segundos solo porque a él no le sirve, sólo porque a éste le es innecesaria.]

Mis lágrimas huyen del miedo. Mi cuerpo reverbera la noción de un silencio. ¿A qué costo sigo yo con este plan maléfico. A qué distancia [todavía no lo veo] ha de ser el goce que metafóricamente, plausiblemente y cabalísticamente han de unir lo que jamás estuvo separado? Es como escapar del tedio, me digo, como escapar de un tedio que uno trae en la frente, unido a ustedes que se encuentran conmigo a solas; aquí, donde estuve en ciertos fragmentos, hay parte y nada, me paro y hablo de estas viejas cartas, piedras incrustadas en el estómago del recuerdo. Si es verdad lo que digo, que sea la completa verdad de mi vida; si es mentira, que lo sea todo el universo, que nos deshagamos en el instante de terminar la frase, que desparezcamos para dejar a Dios completamente solo, para que llore y se maldiga como Medea y Asterión en el laberinto; para que sienta la fatua necesidad de un igual, de un animal de carne, de un animal que habría de arrancarle los ojos al instante de despertar de su estado apopléjico, del mismo animal que a su diestra lamería migajas para ser, en sí, parte y guía del camino.

[Y sin embargo amaneció temprano en mis ojos. Yo tenía, desde hace días, la intención de hablarle, de perder el miedo como se pierde el miedo a los espejos y encauzarme. tal vez, en la misma lucha que él había librado. El tiempo no pudo encontrarnos ninguna ocasión por la calle. La casualidad, ya lo ves, es completamente relativa a los deseos del cuerpo. Yo he luchado, incontables veces, con el baño nocturno, con la madrugada y la tina, el agua y la fuerza de voluntad.] Hasta aquí uno podría descubrir infinitas miradas si tuviéramos el ferviente deseo de traspasar la alquimia del tiempo. Yo podría ver mi casa y a mis padres jóvenes. Yo podría desviarme, después de clases, por las calles largas, por los caminos de todos y evitar aquel sitio en donde el niño, que ya no soy, fue atrapado por el destino, por el futuro que habría de enclaustrarlo a una espiral que lo enfrenta a un mundo de madurez con gente madura que realiza actos de la gente madura. No volvería a caer del juego de mi adolescencia, no saldría de casa para evitar ser arrollado por aquel automovilista novato, no iría, así mis padres se disgustasen, a las sesiones religiosas: aún me pesa el olvido de antiguos amigos. Yo sería otro por fuerza mayor, yo sería lo que hoy veo por la ventana del sueño, por las grietas que se escapa de baratos cigarrillos.

Cuando decida olvidarme de la vida, habré de conformarme con los cristales que enternecieron mi rostro. Ya no seré quien hable de lo que alguna vez la primavera hizo jirones. [Dejé, a pesar de todo, la ventana abierta. Por el día la luz del sol me daba en la cara con la misma expresión de sí misma. Yo veía al sol: siempre estaba ahí frente a mi rostro. Pero un día entró hasta el sitio más oscuro de la casa, quemó toda la madera de los muebles; abrió, aún no sé cómo, la puerta del refrigerador y se sentó, en la silla con patas pequeñas, para degustar un jamón que yo había comprado para el gato. <Éste no estaba en casa.> Yo dormía. Se acercó a mi cama y susurrando me dijo "aquí estoy. He llegado para quedarme contigo". Yo desperté sobresaltado, agitándome en el interior aún cuando en mis ojos yo tenía aquella expresión de duda. "No eres real" le dije, "no eres sino mi propia sobra que se ha reflejado tras el espejo. ¿Qué vienes a recoger aquí?, date cuenta que, a pesar de todas las cosas que existen en esta casa, nada me pertenece ¿Por qué habría yo de poseer tu Luz. Por qué yo sería el elegido para llevar a los otros el fuego que nunca he tocado?] Me cansa la vida en pensar en ella, me cansa el cansancio que siento, de pronto, al creer que yo debí estar hecho para ella. Me cansa pensar lo que ninguno de ustedes puede si quiera pensar porque viven, solo por eso: vivir es para mí una utopía en la que yo sigo encerrado. Vine, nada más, para decir lo que no comprendo. Excúsame. Yo no comprendo la Vida y, sin embargo, hablo como si tomara parte de ella. Hoy me pesa hablarte con el alma enredada en un hilo.






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De: Soliloquiorum libri.

viernes, 21 de septiembre de 2012

X - I

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A:

Degrado la noche y mientras la consumo suena una opereta delante de mis ojos. Ya lo ves, estoy nuevamente aquí usurpando el sitio que debió ser el rincón de nuestros labios; manejándome a tientas sobre las líneas encalladas de algún laberinto: impiedad que nos fue silenciando como el crepúsculo aplaca lentamente la luz. Te llamo en vano. Te llamo en este llano perplejo, iracundo. Te llamo como invocando un fantasma que no pudo haber nacido nunca, como cualquier hombre pudiera hacerlo estando en el delirio de la desesperanza, con mi sola voz: instrumento famélico.

Pero sé que estás en cama [yo también estoy en cama] y sé que caminaste por las largas avenidas como todo día, que te paseaste por los sitios comunes, aquellos lugares recelosos. Yo anduve detrás de ti [lejos de la hora], recorriendo el viejo molino, el imponente cine y la larga plaza, imaginándote por ésos sitios donde ya has pasado: ¿te has fijado que el oxido ha ido desgastando la pintura de la banca? ¿Has notado que las palmas están más altas? Qué poca cosa el corazón en estos momentos, qué poca cosa mis palabras no haciendo eco en tus orejas, qué inútil [cuán inútil] toda esta caminata olfateando un aroma perdido en el aire.

Me refugio en la literatura: hay algo de esto que tú, quizás, odias pero no hay salida. La poesía no libera a nadie, el conocimiento hace más temerosas a las personas, las enclaustra, las va cubriendo poco a poco con el polvo que ha de ahogarlos después del último disparo. No hay salida. Tú odias a quien está escribiendo y a quien lee, posiblemente, también lo odies. No puedo remediarlo, hay algo de mí a quien no conoces y a quien yo mismo temo conocer [aun hoy no hemos sido presentados y nuestras miradas todavía no se pueden encontrar: quizá sea eso el odio que engendras en mí, que abortas en cada palabra que no me dictas. Quizá sea yo -y no lo desmiento- quien verdaderamente esté odiando lo que no odio y ame lo que no podré completar en lo que resta de mi vida]. Por ello perdóname. Me sigo acusando ante las líneas negras de la noche, ante la cruel transparencia de la hoja. Perdóname por inventarte en el sueño, en la cueva de mis sensaciones. Toda esta inteligencia es para que no mueras, para que no sientas el desgaste de la muerte en cada parpadeo, para que puedas salvarte de la soledad, solo salvarte de la soledad como todos nosotros, como cada mañana sintiendo el movimiento de la sangre. No lo hago por mí, me duele tu corazón que penetra el silencio, tu corazón eyaculante de silencios.

La poesía también llueve. La poesía es el ciclo del silencio. Entiéndelo. No soy yo quien te escribe, es otro que soy yo pero fuera de mí, en mí pero no presente. Estoy fuera, completamente afuera, bajo la lluvia: sin presente y sin mí. Sin nosotros estoy perdido, desbastado.





De: Soliloquiorum libri

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miércoles, 12 de septiembre de 2012

martes, 11 de septiembre de 2012

VIII

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Siento una contracción en mis labios: la imposibilidad de mi cuerpo. Hace tanto frío en mis ropas que estaría dispuesto a desnudarme, quedar así hasta la hora próxima cuando mis sensaciones estén lo suficiente hervientes. Si me dieran a elegir entre abrir una puerta o cerrarla, yo me despojaría de todo cuanto tenga encima para pretextar una fiebre. Yo me quedaría aquí enclaustrado alimentándome de las migajas caídas de la vieja mesa; yo estaría dispuesto a vivir solo, apartado de mi yo externo que, seguro, vendría cada tarde a tocar la puerta. Todos los días a la misma hora del reloj de la ciudad él estaría aquí presente, junto con el tiempo tomados de la mano como médulas que se muerden mutuamente. Pero mi casa estaría en silencio: el inquilino que aquí estuvo se fue una mañana y no dijo a dónde iba, ya jamás regresó. Pero mi casa estaría vacía, solo sitiada por roedores y picoteada por insectos; barriendo el polvo flotante del espacio, tosiendo a causa del oxígeno contaminado por el humo del tabaco. Mañana o pasado mañana mi cuerpo y mi casa quedarán olvidados por algún romance, por algún familiar que ya nunca preguntó al conserje por mi paradero; de los pocos amigos que puedan recordar y de los nulos vecinos pensando "qué fue de él". Qué fue de quien posiblemente vivía en el piso de arriba o de abajo, no lo sé, no queda nada, nada queda, todo se marchó un mañana en que yo estuve enfermo.

Tengo miedo de la noche. ¡Tengo miedo de la noche! No estoy solo pero de la noche tengo miedo. Estoy sólo y tengo miedo, aquí en la noche tengo miedo y lo comprendo. Me autopido un poco de cariño y un poco de sosiego; me arremeto con toda mi felicidad y me digo que no pasa nada. No pasa nada, me digo, y fracaso cayendo en mí mismo sintiendo la contracción de mis labios, la imposibilidad de mi cuerpo que me da frío y cierra la puerta impidiéndome gritar que estoy solo, sólo yo y estos muebles viejos, cuarteados, gastados sin usar, gastados sin sentir.

Tengo miedo de la noche y yo, aún, proclamándome señor de mis sentimientos, nuevamente estoy solo.




De: Soliloquiorum libri

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lunes, 10 de septiembre de 2012

VII

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Afuera camino y sigo la línea de una banqueta deshecha a través del paso constante de la gente. Adentro están los caminos que yo he demolido, que yo mismo, como todas las demás personas, pisan sin darse cuenta de lo que tienen debajo de sus huellas. Mis dedos saltan. Por dentro de mis zapatos tengo carcomidas las plantillas. La base de todo mi trayecto yace a la espera piadosa del zapatero.


De: Soliloquiorum Libri


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viernes, 7 de septiembre de 2012

CELEBRACIÓN


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Y estos recuerdos se mantenían independientes,
unidos apenas por el nombre."
Juan Carlos Onetti




Estoy sentado a la orilla del Universo. Avizoro dos constelaciones bifurcándose frente a mí. Yo sigo siendo la fiel mirada de las cosas que llegan, que se pierden sin motivo. Anoche también estuve aquí; sin embargo, este olor, estas imágenes y esta finitud no es la misma que hace unas pocas horas pudieron arraigar mis manos; no es la igual manía sucumbiendo por energías premeditadas; no, no es el aquí que ahora presto viene para circundarme, rodearme de juegos como un animal hambriento. Porque yo, quizá, no soy el que está ahora allí, sentado, esperando irrumpir alguna ventana abierta y pasar [como quien pasa después de la luz roja] hacia otro horizonte para encontrar, de una vez por todas, aquella ventana que por tantos años estuvo construyéndose. Mis sueños no son el arquetipo de mis sensaciones y este Universo no es la noche. Pero algo se ha roto. Algo rompe esta caja de contradicciones. Veo, detrás de mí, un ente-materia ahogándose en sus propias venas, un Quizá sobresaliendo por detrás de sí para verse hacía sí mismo, para sentarse junto a sí mismo y esperar, también, ese Universo que habría de penetrarnos de una forma vulgar y escandalosa. Si en este momento la noche no fuera noche, yo sería la oscuridad abrazando al padre; si mis manos no tuvieran sus mismas divisiones, yo sería otro, tal vez el mismo en otro cuerpo, con las mismas pero siempre distintas sensaciones: la tristeza ya no sería tristeza sino la palabra que brota, que nace como las estrellas.

Y bien, sigo. No me detengo. Nada puede frenar los instintos. He decidido construir mis cadenas y quedarme varado a la diestra de mí mismo. Un instante no me sirve si yo continúo en este sueño postergado, camino de constelaciones amarrados como una cebolla [serpiente enredada en el universo de la vida]. Miro y es la última vez que me encuentro mirando el vacío. Mañana quizá nazca y vuelva a ser el mismo que aquí estuvo ahogado en los espermas de la noche. Yo, digo, no hay por qué temer: aún no es la hora, después habrá tiempo para saludar, como si fuera la última vez, al sol.



De: Soliloquiorum libri


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martes, 14 de agosto de 2012

V

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Comprendo que todo es un instante. Hoy abro los ojos y, dentro de unos segundos, vuelvo a cerrarlos. No hay salida, en el juego nadie pregunta: después de mi primer llanto no hay excusa para seguir escondiéndose. Se me perdió el universo en donde yo no era ni parte ni ausencia, era solamente Luis o, tal vez, Alberto Sánchez, con los mismos vestigios que hoy tengo bien amarrados al alma, con las mismas facciones que he perdido con los días y en donde la vida es la causante de este deterioro, de este delirio acuñándome identidades perdidas en mis pasos: mis sueños de niño no son los mismos sueños de mi infancia, mis tristezas no son las mismas de ayer y ayer es otro día igual a este, en donde al cerrar los ojos comprendí que todo pasa y que todo, al igual que la vida es un suspiro, como si fumara un cigarrillo y en ella perdiera y volviera a contraer mi nostalgia, esta nostalgia que es uno de mí a quien yo no conozco. No sé quién soy ni qué misión tenga, sólo soy el inquilino que sale cada mañana con un cigarro puesto en la oreja, el que espera, a la misma hora, el mismo camión que ha de llevarme a cementerio de la vida. El que regresa sin horario a casa y saluda a las paredes impregnadas con el aroma a derrota: aquí la tarde es la misma pero yo soy el igual al mismo: la casa tiene algo de mí y yo no poseo más que mis propios sueños. Sí, todo es un instante y yo soy el instante, todo es monótono y yo el burdo con la monotonía de su profesión, el licenciado a quien nadie conoce y solo llaman: "él". Sí y perdón que lo repita, todo es un instante, todo es un instante y tú, quien no me lee, eres a quien yo siento, en estos momentos, más aferrado a la vida: tú el que no estás fumando por no tener cigarrillos al alcance de la mano; tú, el que duerme esperando el día de mañana y salir como todos los demás a trascender en la vida; tú, el que ha dormido a sus hijos con un cuento; tú, quien sueñas sueños que no recordarás al bajar el pie derecho de la cama; tú, el mismo que aquí vive y aquí vivirá, el que ignora al poeta que hoy te nombra; tú, quien yace a la diestra de un amor correspondido, el hombre que ignora la vida y sus instantes porque no le competen [no lo sabes, no te interesan]; tú que sin más ni más duermes, sólo duermes y sueñas, sólo sueñas como las demás criaturas que se dedican a ello, que viven para ello; los prestidigitadores que van cosechando, a diestra y siniestra, mojones de dosis precisas, perfectas, de instantes, aquellos instantes que ignoran porque no lo saben, porque no les interesan. Los felices, los dichosos quienes solo se dedican a vivir y no a escribir la vida. Yo, hoy, por ustedes, ahogado en insomnio, en tristeza, en fracaso, en poesía
los recuerdo.




De: Soliloquiorum libri
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domingo, 12 de agosto de 2012

CANCIÓN REVOLUCIONARIA 01

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Nuevamente volvió a mí una sensación que no tenía nombre. Yo me encontraba sentado en la silla donde tengo un pan hormigueado y un vaso de leche sin terminar, una libreta con anotaciones de posibles textos que no habrán de trascender más que el edificio vecino y una lampara parpadeando al unísono de mis ojos. Estaba nuevamente solo pero no lo estaba en realidad, alguien estaba ahí como vigilando mis movimientos sin hacer ruido. No era necesario adivinarlo, sabía de su presencia y ello me reconfortaba: el viejo maniquí ha dejado desde hacía semanas de interesarme, no había poder humano que yo volviera a preocuparme de él; los polvosos cuadros aún estaban en el mismo lugar de anoche, todo era normal pero yo no tenía la misma sensación de anoche, es Algo que no tiene nombre, Algo que me vigila y que, sin embargo, sigue aquí como merodeando mis sueños de una forma fantasmagórica.

Pasó la mañana. Di vueltas alrededor de la habitación como esperando encontrar la palabra precisa de un texto de hacía varios años. He soñado incontables veces que yo soy una máquina y, que arriba de mí, existe otra maquina e imagino que ella me penetra por la espalda una infinidad de cables quienes han de proporcionarme, lo imagino, aquel conocimiento que sería lo suficientemente útil para cumplir con la misión [cualquiera que esta fuera] encomendada a mí. Lo imagino dentro de mis sueños y dentro de mis sueños imagino que soy el dios de mi propia vida. A los pocos segundos abro los ojos y vuelvo a la misma silla, cerca del pan y el vaso de leche que, a esta hora, ya se han descompuesto, miro la libreta aún sin anotaciones y trato de parpadear para ver si nuevamente retorno al sueño del que no quisiera alejarme nunca más. Mi mente es sucia y mi imaginación bastante proclive a la realidad. Abro nuevamente los ojos y veo el pan, el vaso y la libreta, yo estoy en la misma silla como hacía segundos atrás. Cae nuevamente a mí alma la sensación de sentirme vigilado pero ahora, después de retornar a mi realidad real, veo a mi pequeño gato dormido a mis pies. Siempre me han gustado los gatos y por algún instinto yo cuidaba de él como si yo mismo fuera el felino. Ambos despertamos sobresaltados después de un lapsus catártico de sueños. Él salta hacia la silla y se hunde en mis piernas, yo continúo viendo la libreta, el vaso y el pan a medio terminar, el gato y todo el cúmulo de sueños que hoy, como todos los días de mi vida, se han ido por estar sentado en la silla, por imaginar ser una máquina y, sobre todo, por gastar mis ansias en realidades que ambos seguimos soñando realizar.


Sterin Romanov


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sábado, 11 de agosto de 2012

IV

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Si el pianista de la calle contigua nunca dejara de tocar, quizá mi alma sucumbiera ante la desesperanza del sonido. Quizá mi alma, al no encontrar similitudes de un pasado, no tenga más opción que levantarse por sí sola e interpretar los silencios que ha ido guardando a través de los días. Pero si el pianista por alguna razón tuviera un accidente en el que sacrificara sus manos, mi alma rebozaría de alegría. No soy mezquino al desearlo pero qué mayor provecho me causaría si dejara de tocar un instante [o toda su vida], ahí yo entendería la tristeza del músico, ahí yo me pondría en su lugar para escuchar al piano si es que de verdad se cumpliera la consigna de que la música habla por sí misma; si es que ella tiene solo una voz qué caso tendría una segunda persona a sus espaldas. Me pierdo en estas ideas que no concreto en una sola frase. Tengo en estos momentos de amargura un spleen que ni yo mismo sé explicar. Sólo me dejo llevar por el sonido malsonante de la música que no deja de sonar cada noche. Ella, pienso, al igual que yo sufrimos de un insomnio acelerado que no da cabida al sueño, únicamente a esta razón por la que él y yo parloteamos y seguimos interpretando lo que otro ya se nos ha adelantado. Oh Belleza impenetrable de formas, nada nos has dado sino tu propio odio para odiarnos, nada nos tiene atados y, sin embargo, sigues aferrándote como las notas de una partitura, continuas y nosotros, por alguna razón, no dejamos de ser los miserables y siempre fieles felices que esperan alguna noche, perdida en el vaivén de la creación, tu mano que nos toque sin más el hombro.



De: Soliloquiorum libri

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III

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Estoy a la siniestra postrer de mis sentidos. Véanme aquí como la utopía de un vegetal.







de: Soliloquiorum libri



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viernes, 6 de abril de 2012

II

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No haber nacido es, por encima de
cualquier otro, el mejor premio.
Sófocles


Me paro por n vez junto a la ventana y muros que sostienen la casa. Pierdo la noción del tiempo y, como las noches de ayer, cierro mi memoria para distraerme en las cosas simples del exterior. Los vecinos de la casa contigua todavía siguen armando la verja que ha de separarlos del conjunto social al que ellos, por antonomasia, han aceptado ya []. Yo los miro y no dejo de sonreír. ¿Para qué delimitarse la vida? Cada mañana habrán de impenetrar su hogar y cada noche lo volverán a penetrar. Esto quizá suene bastante tonto para quien lo lee y no trata de encontrar sentido a mis palabras. Sin embargo cada mañana salgo de casa hacia puntos que me sé sabidos dentro de mi memoria y que, a través de ella, recorro una y otra vez. Mi vida es una limitada recta hacia la monótona vía del sueño. Enclaustrarme en ella es no enclaustrarme a ella, es salir no con los brazos abiertos, pero sí con los ojos abiertos. Es no quedarme ya estacionado en la vida, es andar la vida con mis sensaciones, fumar cada treinta minutos la realidad de mis sueños y andar por las calles que todavía pueden reconocer la huella de unos zapatos rotos.


Yo me he roto en la vida y soy un poema incompleto que cualquier poeta ha dejado reposar en la mesa de sus pensamientos. Sí, Yo no he pedido nacer a la vida, he pedido soñar la vida.





                                                                                                                        De Soliloquiorum libri

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jueves, 5 de abril de 2012

I

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Fuera de casa. El silencio duele. El mar abraza mi alma llevándola hacia su insondable cause
                                                                  y me hace polvo.







                                                                                               De: Soliloquiorum libri


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miércoles, 4 de abril de 2012

OUBLI

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                                                                                                                             A: Alberto C.


                                       Pienso
                                       pero no medito.


nunca estuviste enfermo:
sólo fuiste al campo amando de las plantas la planta
y de los montes
la tierra
jamás te preocupaste de su belleza
porque así los creíste bellos.

Así
¿qué camino queda?
Bien sabes que al desperanos
es sólo para darnos cuenta que la vida miente.





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                                                                                        Del libro: "Cortar el camino".
                                                                                                              Inédito.

ALGUNAS PALABRAS PARA NOMBRAR EL TIEMPO

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Regreso al sitio que algún día estuvo aquí.
Regreso
y me planto en la memoria de un campo.

Soy quien espera la arboleda
la infancia puesta en un interminable pasadizo.
Espero la llaga: yo
mentor que olvida:
inocuo hombre enredado en el pasado.

Regreso y me voy
para nunca más retornar hacia aquel sitio
que algún día estuvo aquí
hacia la mañana
                     donde el Vacío
                                        respira al vacío.

Así
todo se marcha
todo se confunde como las estrellas que brillan dentro de mi alma...

                                     pequeño corazón olvidado.




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XXVII

[Pasaje] Fumo y bebo sin descanso t anto como algún día soñé fumarme y embriagarme de la vida,  y no lo hice. De: Soliloquior...