sábado, 16 de marzo de 2013

XXVII



[Pasaje]

Fumo y bebo sin descanso tanto como algún día soñé fumarme y embriagarme de la vida, y no lo hice.



De: Soliloquiorum libri

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sábado, 26 de enero de 2013

XXVI


- ¿Por qué no toma, también, las frutas podridas y las mete en su canasto?
- Porque esas frutas no sirven.
- Si las frutas supieran que no sirven, ¿acaso seguirían tan vivas? O si ellas vivieran pensando que alguien, como usted, algún día las tomará ¿no cree que valdrían lo mismo que las frutas que no están podridas? Tome en cuenta que ellas no son culpables de que ellas ignoren que no sirven, por algo siguen aquí y por alguna razón ellas piensan que aún en su estado podrían ser útiles. Podrán ellas tomar parte de su mesa en forma de aperitivo o de agua fresca ¿no lo cree? 
- Verdaderamente no lo creo. Esta clase de frutas no las escoge nadie.
- No las escoge nadie porque todos estamos enclaustrados en la ideología de que lo servible sirve. Piense un momento en que usted es aquella fruta, no ésta que está tan podrida, pero sí la que ya presenta magulladuras. ¿No cree que usted también aspiraría a una segunda oportunidad?
- ¿Una segunda oportunidad? Aquí no se trata de que si yo soy esto o lo otro, amigo, esta fruta ignora lo que es porque es una simple fruta y usted no debe de perder el tiempo en creer lo que ellas pudieran sentir. Yo tomo las frutas que sirven y asunto arreglado.
- ¿Y quién le dice que ellas no pudieran servir? Usted ha perdido una oportunidad al nacer, al caer el vientre materno; usted quedó de una forma tan indefensa que si no fuera por los cuidados de su madre, hubiera muerto, hubiera perdido la vida... moriría de hambre y en pocos días comenzaría a sentir la necesidad de necesitar a alguien, al no hallarla se secarían sus fuerzas de lucha y se convertiría en una fruta comenzando a pudrirse... pero los dioses le dieron una segunda oportunidad, lo han puesto frente a mí, a mí frente a usted y a las frutas frente a nosotros. ¿No es obligación nuestra tomarlas y darles cuidado? Piense por un instante y aléjese de la idea del Dios de nuestros ancestros, olvide la falsa metáfora de quemar la vid porque ese Dios no es un Dios compasivo, sino un Dios de utilería. Nosotros no somos la mano que corta, somos la mano que recoge; no somos la palabra que condena y salva, somo la palabra permaneciendo sin indiferencia ante las vicisitudes de la vida; imagine creer en un Dios de brazos y piernas rotas y sea usted Dios con Todos: tome la fruta y salve el alma del rechazo. La fruta que ahora desecha puede sorprenderlo poseyendo un sabor que, quizá, las frutas más verdes o las más conservadas pudieran poseer, ellas han guardado su alma y la han dejado morir con lentitud por diversos motivos que nosotros ignoramos pero nadie nos asegura que ellas no contengan ese elemento que buscamos en las demás, usted es Dios y sabe que esa fruta podrida puede amenizar su mesa, usted es Dios y Dios por su propia naturaleza está destinado a salvar las almas.
- No lo entiendo.





De: Soliloquiorum libri.


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XXV


Escribimos para cumplir metas falsas... hablamos de lo que jamás seremos capaces de decir... 

[...]




De: Soliloquiorum libri.



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miércoles, 23 de enero de 2013

XXIV


          Esta incapacidad de sentir las palabras... Estas palabras dichas porque sí... Estos envoltorios apilados en la consciencia de que la escritura es completamente inútil... sé que lo que no vale la pena es de lo que mayormente se siente, se habla y se escribe...
       

          No encuentro la hora marcada en el sonido ni he visto, dentro de mi sitio, la parvada de aves que me habrán de señalar el camino hacia casa. Camino como quien camina de regreso al sitio que lo acoge con vehemencia, ando sin equipaje porque me sé completamente innecesario para mí, yo he sufrido la plaga de habitar las ropas que no me enseñaron a vestir pero que, al no tener opción de habitad, las visto y me reconforto entre los espasmos de una maldición acaecida dentro de un lapso de tiempo mayor a la edad que, consciente, sigo merodeando y seguiré merodeando hasta que, al final, encuentre el sitio para abandonar el alma.


          Ya no encuentro porque no busco, no busco porque es banal toda búsqueda [yo sé a qué hago referencia en este punto].


          Espero a la vida que resulta de un escupitajo cuando me siento enfermo. Mi alma bosteza y mi fe no avizora el cuadro donde tome parte de entorno. A diferencia de los ciegos, yo no poseo los ojos ni la sensibilidad de entender las cosas con el alma; mi fe es ciega, realmente ciega por carecer de ojos.


          Me conformo en contradicciones, no soy quien sostenga una idea por más de un día, me alegra no saber lo que realmente pienso, me contenta entender que, no sintiendo, hable de lo que creo sentir y exponga lo que, creyendo sentir, después me reconforte con aquello que realmente pude haber sentido.


          El ejercicio del menosprecio yace en las sensaciones que crecen en mí... este momento de hablar no importándome la vida... este sinsentido de encontrarme en la estupidez... este saberme estúpido, completamente estúpido, lleno de este estado catártico no dejándome dormir...


          Este malogrado instante en que encuentro la futilidad de la escritura escribiendo...




De: Soliloquiorum libri.


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lunes, 21 de enero de 2013

XXIII


[Noche de incontables sueños.]

Mi sueño se posa en el cansancio de dormir y despertar sabiendo que el día está lejos de un mañana. Me  levanto de la cama por 4a vez pensando que si vuelvo a recostarme seguramente me volveré a levantar. Dormir, en estos instantes, es velar los inconscientes anhelos del vecino, es caminar entre espasmos de tedio y cansancio sabiendo que aquel tedio y aquel cansancio no son sino productos de mi agotada situación de vivir. Noche que mezclas mi insomnio de pesadas cadenas, tedio que envuelves cadenas en mi cuello, cuello que presto dejas amarrarte por toda la desesperanza nacida en el campo de mi alma, deja reposar mi sienes en el sueño de la vida; yo, quien no esperaría más de ti, ven, sopla sobre los ojos del sueño, permite que continúe descansando en cada fracaso de existencia...

[...]




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viernes, 18 de enero de 2013

XXII


           Nunca conocí la amistad. Mis amigos fueron como la importancia que yo tenía para mí mismo: no supe realmente cuán innecesario puede ser uno para sí. Siempre rehuía de las reuniones sociales porque cada nuevo reencuentro era una carga llenando el tedio que destilaba personalidades fraccionadas de acuerdo al instante. Nunca me sentí a gusto ni mucho menos acompañado, soy simple definiéndome ante las personas que buscan cierto trato conmigo; soy quien no pueden mantener cierta conversación de interés incluso para mí; así ¿cómo podría yo relacionarme con los demás? ¿Qué oportunidad tendría ante ellos para poder convencerme de que toda esa disponibilidad de atención era por afecto? No, junto a las personas de mi trato continuo sentíamos cierta repulsión el uno del otro; posiblemente habrán tenido hacia mí cierta simpatía, tal vez ellos pensaron hallar un amigo para conservar a través de los años, para llegar a viejos y seguir reuniéndonos, como hasta ahora, y charlar de ciertas cosas que, aun banales, eran punto de reunión. Nuestro error fue que cada uno era completamente distinto a nosotros. Al final, todos me defraudaron y a todos defraudé, fui alejándome, deseché todo código de amistad, cualquier dogma vulgar que atañera el trato con terceras personas. De nadie me preocuparía y nadie tendría por qué preocuparse por mí.


*         
         Soy un animal de estructura simple: solitario. Jamás pude verme encerrado o unido ante aquellos lazos que la gente busca unir para cumplir con su meta de vida; fui algo así como un mendigo que, tras haber cargado durante incontables años aquel equipaje, hoy se da cuenta que todas aquellas cosas no eran sino bisuterías que podía adquirir en cualquier mercado. Decidí abandonar toda relación que implicara un flirteo con los demás seres. Resultó de ésto un abandono por mí mismo, un desapego hacia mis sentidos externos y un meandro de inútil necesidad para con lo otros. Pude concebirme, al final, fracasado pero dentro de la consciencia, uno de los mayores logros a los que yo incluso podría aspirar. Nunca deseé algo para mí y este estado me sería negado así yo me empeñara en cuidar cada día su asertiva respuesta. Podría ser lo contrario de aquella historia o la fiel imagen de aquella situación en donde yo desempeñara el papel natural de todas las cosas. Sería aquella rosa valiéndose por sí misma para sobrevivir ante las inclemencias del tiempo, aquel ser capaz [o incapaz] de lograr despreciar todo trato con quienes buscan cuidarme: la historia me daría la razón, alejar al jardinero y quedarme solo. Él se iría dejándome, él buscaría a otro amigo, yo me buscaría a mí mismo.



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          Luchar por los sueños es una de las tantas tareas fútiles de la vida. Conservar a un amigo es hacer validos los sueños y los sueños, como las demás cosas, jamás merecen traspasar la linea de lo real. Entre una palabra y otra existe un universo intangible: sólo nosotros [físicamente existentes] podemos encerrarnos en el silencio que no es sino nuestra propia casa: tenemos la obligación de volver a nuestra ratonera, de caminar en la espiral que habrá de encontrarse contra el muro de algún igual que yace encerrado en las palabras del sabio. Ser no equivale a ser, es el producto de autonegarnos, de ser no siendo para encontrar la clave, si es que, en esta vida, existieran de verdad, los enigmas y las claves.






De: Soliloquiorum libri.



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viernes, 11 de enero de 2013

XXI


              Después de la travesía viene la calma. Después de la calma ahonda un sosiego, el sosiego inevitable de estar postrado ante mí mismo no como un espejo, no como un igual, sino como algo totalmente distinto a mí. No hay distinciones entre lo que soy de esta mañana a lo que fui en esta noche, no hay caminos porque ya todos los caminos los pude haber recorrido en las plazas que quedaban detrás de mis pasos; no hay tranvías circulando a esta hora en que todos celebran, ya en casa, el nuevo día que aparece al unísono de las 12 campanadas. [Inclusive yo no sé si sigo la cuenta del reloj de la iglesia o si ya, de una forma natural e instintiva, voy contando en mi mente los ausentes ruidos del día por venir.] Había pensado, después del amanecer, quedarme en casa porque no tengo si quiera las ganas de salir, la motivación de traspasar la puerta, de bajar las escaleras y saludar a Esteban con el monótono saludo que, a modo de oración, ambos compartimos con tal religiosidad. No tengo el ahínco de transbordar los autobuses que me habrán de petrificar, al final, 10 horas a un estante, estalactítico sitio que comparte mi tedio del día laboral. De compartir con la gente ese horrible estado de trato social; de conversar con lengua y manos cada 5 minutos con desconocidos necesitados de información. ¿Qué podría yo saber de lo que ellos realmente necesitan? ¿Cómo podría yo ayudarles, siendo mediadora, a aprender lo que obligadamente les encomiendan, lo que por instantes tienen que aprender y que después desechan como desecharían una fruta podrida hallada en la cesta? Porque todo lo que yo puedo ofrecerles es eso, frutas frescas, variedad de frutas frescas que, al rozarlas con sus pensamientos terminan pudriéndose en sus manos. Pero les gustan [¿qué puedo hacer de ello?] todos los frutos maduros, los sabores exquisitos, los conocimientos nuevos. Pero les gusta [¿yo qué podría hacer ente ello?] dejar que ese sabor se pudra y llene de gusanos. Así es la monotonía de hoy a cinco años atrás. El mismo problema con la distinta gente que llega hasta mí porque cree entender que yo poseo el conocimiento obligado, la disponibilidad obligada de acudir a ellos cuando los 13 infinitos pasillos se pierden en su desesperanza de no encontrar lo que buscan.
          Nadie encuentra nada [y quien lo encuentre, ha de sentirse miserable porque se dará cuenta que ése hallazgo no ha sido más que una mentira]. Todo lo que la vida provee no son sino espejismos de un ideal jamás saboreado. Todo lo que el destino destina son fatuas imágenes que sólo en sueños podemos realizar. Todo lo que uno sueña son sueños, sueño dentro de sueños que jamás han de salir de nuestra mente. Yo comprendo esto y gracias a este entendimiento es que, a gratitud, no soy ni completamente dichosa ni completamente miserable. Nuestra existencia no surge de la causalidad sino del tedio y es que bajo este tedio debiéramos de tratar de vivir para suerte nuestra. Por algo tenemos sensaciones. Por algo tenemos sueños. Nada se nos está destinado y nada deberíamos de esperar. El tiempo no es sabiduría, son solo instantes en donde cada uno de nosotros aplaca, de forma pasiva, aquel momento. En el pasado no influye el tiempo, confluyen instantes, viejas saudades que nos devuelven a una infancia, tal vez, añorada, a una juventud, mediocremente, salvada por cada uno de los recuerdos que a mal hora se nos escabulleron de los planes.
          Hoy ya no es hora de hacer planes, mañana los creeremos innecesarios. Los planes son del día anterior a hoy, no del presente ni del futuro cuando ya no hacen falta. Nos despertamos pensando en el plan trazado en el pasado y así deberíamos de vivir. Porque no existe verdaderamente el mañana sin un plan pasado. El mañana es respuesta, es método, no es un logro por el que debiéramos orgullecernos porque bien sabemos que no valen la pena los logros, valen la pena los instantes y los instantes son del día de ayer, hoy es el tiempo del fracaso, del dormir ya sin sueños. Hoy vale la pena únicamente dormir, acostarnos y esperar el mañana ya sin sueños, ya sin logros por vencer. Dormir para seguir ayudando a la gente, seguir el tedioso trato con la gente que, aún cree en los sueños del mañana. Ahora sé lo que realmente necesitan, ahora, comprendo que mi tarea es compartirles aquella fruta fresca que habrá de pudrirse en sus manos.




De: Soliloquiorum libri.



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XXVII

[Pasaje] Fumo y bebo sin descanso t anto como algún día soñé fumarme y embriagarme de la vida,  y no lo hice. De: Soliloquior...