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Si el pianista de la calle contigua nunca dejara de tocar, quizá mi alma sucumbiera ante la desesperanza del sonido. Quizá mi alma, al no encontrar similitudes de un pasado, no tenga más opción que levantarse por sí sola e interpretar los silencios que ha ido guardando a través de los días. Pero si el pianista por alguna razón tuviera un accidente en el que sacrificara sus manos, mi alma rebozaría de alegría. No soy mezquino al desearlo pero qué mayor provecho me causaría si dejara de tocar un instante [o toda su vida], ahí yo entendería la tristeza del músico, ahí yo me pondría en su lugar para escuchar al piano si es que de verdad se cumpliera la consigna de que la música habla por sí misma; si es que ella tiene solo una voz qué caso tendría una segunda persona a sus espaldas. Me pierdo en estas ideas que no concreto en una sola frase. Tengo en estos momentos de amargura un spleen que ni yo mismo sé explicar. Sólo me dejo llevar por el sonido malsonante de la música que no deja de sonar cada noche. Ella, pienso, al igual que yo sufrimos de un insomnio acelerado que no da cabida al sueño, únicamente a esta razón por la que él y yo parloteamos y seguimos interpretando lo que otro ya se nos ha adelantado. Oh Belleza impenetrable de formas, nada nos has dado sino tu propio odio para odiarnos, nada nos tiene atados y, sin embargo, sigues aferrándote como las notas de una partitura, continuas y nosotros, por alguna razón, no dejamos de ser los miserables y siempre fieles felices que esperan alguna noche, perdida en el vaivén de la creación, tu mano que nos toque sin más el hombro.
De: Soliloquiorum libri
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