Recuerdo el verano de 1985 como cualquier otro verano de mis años. Recuerdo, con vaguedad, un instante, por demás prodigio, en el que, posiblemente, se pudieron haber mezclado ciertas disposiciones [o tal vez, reunido varias y catastróficas maneras] en el que los dioses, dentro del tedio, vieron, a través de sí, una posibilidad de burlarse de ellos mismos. Porque a la humanidad le hace falta eso: burlarse y acercarse más a lo sagrado, tomar en una sola mano toda la divinidad y amarrarla a cualquier parte del cuerpo, ahogarse, como podría ahogarse un niño en el vientre, de aquel amor y aquella indiferencia que lo sobreprotege a un lugar que ha sido exclusivamente creado para él. Recuerdo ciertas cosas que se me tornan como el vidrio hoy recien instalado en el baño de casa, lo difuminado de aquellas ilaciones no podrían ser meras coincidencias en esta noche, algo me hace recordar el verano, la tarde, las acciones y los posibles resultados de aquella catástrofe a la que tuvieron mal colocarle nombre. Sí, hoy recuerdo el verano de cierto año, de cierta hora precisa.
De: Soliloquiorum libri.
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