viernes, 6 de abril de 2012

II

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No haber nacido es, por encima de
cualquier otro, el mejor premio.
Sófocles


Me paro por n vez junto a la ventana y muros que sostienen la casa. Pierdo la noción del tiempo y, como las noches de ayer, cierro mi memoria para distraerme en las cosas simples del exterior. Los vecinos de la casa contigua todavía siguen armando la verja que ha de separarlos del conjunto social al que ellos, por antonomasia, han aceptado ya []. Yo los miro y no dejo de sonreír. ¿Para qué delimitarse la vida? Cada mañana habrán de impenetrar su hogar y cada noche lo volverán a penetrar. Esto quizá suene bastante tonto para quien lo lee y no trata de encontrar sentido a mis palabras. Sin embargo cada mañana salgo de casa hacia puntos que me sé sabidos dentro de mi memoria y que, a través de ella, recorro una y otra vez. Mi vida es una limitada recta hacia la monótona vía del sueño. Enclaustrarme en ella es no enclaustrarme a ella, es salir no con los brazos abiertos, pero sí con los ojos abiertos. Es no quedarme ya estacionado en la vida, es andar la vida con mis sensaciones, fumar cada treinta minutos la realidad de mis sueños y andar por las calles que todavía pueden reconocer la huella de unos zapatos rotos.


Yo me he roto en la vida y soy un poema incompleto que cualquier poeta ha dejado reposar en la mesa de sus pensamientos. Sí, Yo no he pedido nacer a la vida, he pedido soñar la vida.





                                                                                                                        De Soliloquiorum libri

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