sábado, 3 de noviembre de 2012

XIII



Yo percibo a cada paso la ausencia de la noche. Siento dentro de mi alma que alguien va a entrar por la puerta que está cerrada desde la mañana de mi infancia. Siento al aire sonreír por aquellos sitios que se han ocultado a mi mirada, que se van para, tal vez, ya no volver al iris de mis impresiones. Yo mismo me he perdido por la falta de asombro. Es verdad, no soy el niño que ayer pensaba transmutar su juventud, del adolescente pensando crear un Universo que contenga [y me contenga] con el más alto aliento de prolífica lucidez. Hoy me hago viejo con estas palabras que sigo dictándome en la consciencia de mi mente; sigo, indudablemente, triste por aquellos sitios que dejé de recorrer por orden del destino, por naufragio de la certeza que jamás llegó a mis manos [y si llego, pensé que no me serviría de nada en esta espiral que se me dicta en laberinto].

Hoy se me ha hecho tarde la salida del viaje de la vida. Se me hizo tarde el destino para caminar por las estaciones concurridas de ademanes. Yo añoraré, algún día, estar arriba de aquel autobús que me divagará por ciertas partes del mundo, de despedirme de alguien con cierta felicidad comprimida en mis ojos, de prometer volver al sitio que me mantuvo con benevolencia en la misma llaga del viaje no decidido, de ver a aquel muchacho con la tristeza expuesta levantando la mano, despedirme y aferrándose a un porvenir del día no de mañana. Abriré la ventana y me veré, ahí también, despidiéndome, acostumbrándome sin mí, con la maleta a un lado saludando a quien parte, moviendo mis huesos -a desvoluntad- hacia la puerta del vagón, hacia el sitio de salida. Yo estaré en el autobús, en la terminal, en todas partes donde un hombre sienta nostalgia al despedirse. Estaré ahí con toda esa gente alzando la mano sin saber si quiera, si despido o doy la bienvenida; caminando a tientas, deteniéndome con certeza: soy un equipaje, un bulto no documentado que  olvidé en la sala del destino.





De: Soliloquiorum libri


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