Pienso en libertad y viene a mi mente la imagen de la mariposa. Insecto que viaja, que solo viaja a donde el viento lo empuje. Pero me gusta verlo de ése modo, imaginarme, fracasar imaginarme, ser todos los insectos, incluso todos los reptiles. En mis manos poseo la libertad tautológica, las sensaciones pueriles de que yo mismo no sería capaz, si quiera, se imaginarme tal como soy; que dispongo de ciertos medios para hallarme donde no se me da sitio, que viajo como podría viajar cualquier hombre de negocios enclaustrado en un escritorio. Si cierro los ojos y trato de sentirme libre no es para huir de cierta realidad exhumada en el cigarrillo, trato de curar a través de mí lo que nunca debió abrirse, rascar y coser una tela que diario habito en pluralidad; es no sentirse libre de sí porque hay algo que perdimos al entregamos, algo que alguien no quiso por no estar en sus planes, que alguien dejó esperando en alguna sala de hospital o que alguien prometió visitar a un preso inocente; es para acumular más nostalgia, más sitios inhabitados en la oscuridad de los ojos; es ponerse cada vez más triste al inventar las cosas que a uno podrían hacer feliz y que, sin embargo, hieren, lastiman como cuando a uno le son cortadas las alas o amputan la vida para refrenarse en un estante de un coleccionista.
Si digo más es porque no sé explicarme.
De: Soliloquiorum libri
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