domingo, 12 de agosto de 2012

CANCIÓN REVOLUCIONARIA 01

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Nuevamente volvió a mí una sensación que no tenía nombre. Yo me encontraba sentado en la silla donde tengo un pan hormigueado y un vaso de leche sin terminar, una libreta con anotaciones de posibles textos que no habrán de trascender más que el edificio vecino y una lampara parpadeando al unísono de mis ojos. Estaba nuevamente solo pero no lo estaba en realidad, alguien estaba ahí como vigilando mis movimientos sin hacer ruido. No era necesario adivinarlo, sabía de su presencia y ello me reconfortaba: el viejo maniquí ha dejado desde hacía semanas de interesarme, no había poder humano que yo volviera a preocuparme de él; los polvosos cuadros aún estaban en el mismo lugar de anoche, todo era normal pero yo no tenía la misma sensación de anoche, es Algo que no tiene nombre, Algo que me vigila y que, sin embargo, sigue aquí como merodeando mis sueños de una forma fantasmagórica.

Pasó la mañana. Di vueltas alrededor de la habitación como esperando encontrar la palabra precisa de un texto de hacía varios años. He soñado incontables veces que yo soy una máquina y, que arriba de mí, existe otra maquina e imagino que ella me penetra por la espalda una infinidad de cables quienes han de proporcionarme, lo imagino, aquel conocimiento que sería lo suficientemente útil para cumplir con la misión [cualquiera que esta fuera] encomendada a mí. Lo imagino dentro de mis sueños y dentro de mis sueños imagino que soy el dios de mi propia vida. A los pocos segundos abro los ojos y vuelvo a la misma silla, cerca del pan y el vaso de leche que, a esta hora, ya se han descompuesto, miro la libreta aún sin anotaciones y trato de parpadear para ver si nuevamente retorno al sueño del que no quisiera alejarme nunca más. Mi mente es sucia y mi imaginación bastante proclive a la realidad. Abro nuevamente los ojos y veo el pan, el vaso y la libreta, yo estoy en la misma silla como hacía segundos atrás. Cae nuevamente a mí alma la sensación de sentirme vigilado pero ahora, después de retornar a mi realidad real, veo a mi pequeño gato dormido a mis pies. Siempre me han gustado los gatos y por algún instinto yo cuidaba de él como si yo mismo fuera el felino. Ambos despertamos sobresaltados después de un lapsus catártico de sueños. Él salta hacia la silla y se hunde en mis piernas, yo continúo viendo la libreta, el vaso y el pan a medio terminar, el gato y todo el cúmulo de sueños que hoy, como todos los días de mi vida, se han ido por estar sentado en la silla, por imaginar ser una máquina y, sobre todo, por gastar mis ansias en realidades que ambos seguimos soñando realizar.


Sterin Romanov


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