martes, 9 de octubre de 2012

XI


Termino viejas cartas prolongadas por desidia. Por la mañana un estremecimiento de miedo acuñó mis sensaciones y por un instante sentí que hoy sería mi último verano. Pensé en todas las cosas que he iniciado y que jamás he podido concluir: mi capacidad continúa falta de inteligencia y perspicacia, mis sentidos aún en esta hora son iguales a la noche de ayer y a las consecutivas de una forma pasada y futura. Siempre la misma historia, siempre, iniciar e iniciar proyectos cuando mi vida ha sido una telaraña dejada a mitad de su construcción porque quien la edificaba se dio cuenta que el sitio, en donde la estaba construyendo, no era el espacio perfecto para resguardarse: el primer inquilino de la casa abandonada abriría la puerta y, en primera instancia, divisaría mi construcción y no tardo la derrumbaría. [Entonces, aquella araña abandonó su proyecto y se marchó a un sitio lóbrego, libre de las miradas que entorpecerían su trabajo; su misión que así la llamaba quizá por alguna razón divina o tal vez caprichosa era, en cierta forma, un capricho lleno de inteligencia divina. No podemos cuestionar a la araña que busca y seguirá buscando un sitio; no hay preguntas hacia ella que nos dé un motivo por el cual toda su vida se pasa construyendo un paraíso que, indudablemente, la mano de un ser superior arrebatará en cuestión de segundos solo porque a él no le sirve, sólo porque a éste le es innecesaria.]

Mis lágrimas huyen del miedo. Mi cuerpo reverbera la noción de un silencio. ¿A qué costo sigo yo con este plan maléfico. A qué distancia [todavía no lo veo] ha de ser el goce que metafóricamente, plausiblemente y cabalísticamente han de unir lo que jamás estuvo separado? Es como escapar del tedio, me digo, como escapar de un tedio que uno trae en la frente, unido a ustedes que se encuentran conmigo a solas; aquí, donde estuve en ciertos fragmentos, hay parte y nada, me paro y hablo de estas viejas cartas, piedras incrustadas en el estómago del recuerdo. Si es verdad lo que digo, que sea la completa verdad de mi vida; si es mentira, que lo sea todo el universo, que nos deshagamos en el instante de terminar la frase, que desparezcamos para dejar a Dios completamente solo, para que llore y se maldiga como Medea y Asterión en el laberinto; para que sienta la fatua necesidad de un igual, de un animal de carne, de un animal que habría de arrancarle los ojos al instante de despertar de su estado apopléjico, del mismo animal que a su diestra lamería migajas para ser, en sí, parte y guía del camino.

[Y sin embargo amaneció temprano en mis ojos. Yo tenía, desde hace días, la intención de hablarle, de perder el miedo como se pierde el miedo a los espejos y encauzarme. tal vez, en la misma lucha que él había librado. El tiempo no pudo encontrarnos ninguna ocasión por la calle. La casualidad, ya lo ves, es completamente relativa a los deseos del cuerpo. Yo he luchado, incontables veces, con el baño nocturno, con la madrugada y la tina, el agua y la fuerza de voluntad.] Hasta aquí uno podría descubrir infinitas miradas si tuviéramos el ferviente deseo de traspasar la alquimia del tiempo. Yo podría ver mi casa y a mis padres jóvenes. Yo podría desviarme, después de clases, por las calles largas, por los caminos de todos y evitar aquel sitio en donde el niño, que ya no soy, fue atrapado por el destino, por el futuro que habría de enclaustrarlo a una espiral que lo enfrenta a un mundo de madurez con gente madura que realiza actos de la gente madura. No volvería a caer del juego de mi adolescencia, no saldría de casa para evitar ser arrollado por aquel automovilista novato, no iría, así mis padres se disgustasen, a las sesiones religiosas: aún me pesa el olvido de antiguos amigos. Yo sería otro por fuerza mayor, yo sería lo que hoy veo por la ventana del sueño, por las grietas que se escapa de baratos cigarrillos.

Cuando decida olvidarme de la vida, habré de conformarme con los cristales que enternecieron mi rostro. Ya no seré quien hable de lo que alguna vez la primavera hizo jirones. [Dejé, a pesar de todo, la ventana abierta. Por el día la luz del sol me daba en la cara con la misma expresión de sí misma. Yo veía al sol: siempre estaba ahí frente a mi rostro. Pero un día entró hasta el sitio más oscuro de la casa, quemó toda la madera de los muebles; abrió, aún no sé cómo, la puerta del refrigerador y se sentó, en la silla con patas pequeñas, para degustar un jamón que yo había comprado para el gato. <Éste no estaba en casa.> Yo dormía. Se acercó a mi cama y susurrando me dijo "aquí estoy. He llegado para quedarme contigo". Yo desperté sobresaltado, agitándome en el interior aún cuando en mis ojos yo tenía aquella expresión de duda. "No eres real" le dije, "no eres sino mi propia sobra que se ha reflejado tras el espejo. ¿Qué vienes a recoger aquí?, date cuenta que, a pesar de todas las cosas que existen en esta casa, nada me pertenece ¿Por qué habría yo de poseer tu Luz. Por qué yo sería el elegido para llevar a los otros el fuego que nunca he tocado?] Me cansa la vida en pensar en ella, me cansa el cansancio que siento, de pronto, al creer que yo debí estar hecho para ella. Me cansa pensar lo que ninguno de ustedes puede si quiera pensar porque viven, solo por eso: vivir es para mí una utopía en la que yo sigo encerrado. Vine, nada más, para decir lo que no comprendo. Excúsame. Yo no comprendo la Vida y, sin embargo, hablo como si tomara parte de ella. Hoy me pesa hablarte con el alma enredada en un hilo.






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De: Soliloquiorum libri.

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