¡Una fotografía! Quién fuera una fotografía liberada de la mirada de un fotógrafo. Quién la naturaleza encerrada en la lente de un aparato. ¿Quién? Por supuesto yo no. No soy quien está llamado a perpetuar el mundo tras el iris del artista. Yo no soy el que posee la capacidad de atrapar los momentos de la vida, los instantes de la vida que, indudablemente, ya se me han escabullido por las telarañas de las venas. No. Irrefutablemente no soy yo el que descubre el universo a cada paso. Yo que no salgo de casa sino es para comprar souvenirs de alguna tienda de turismo; yo que siempre agosto las calles en pos de cansar mis piernas; yo que he sido [y que eternamente seré] el individuo asiduo a concurrir las carnicerías, en visitar los mercados en donde lo único extravagante -exageradamente sorprendente- son las conversaciones con aquel vendedor a quien su esposa le es infiel, a quien los hijos han dejado por ser un simple carnicero [no haber salido de la mazmorra de su infancia resultó demasiado caro]. No es aquí donde el camarógrafo encuentra un sitio seguro. No. Ni aquí ni allá en todos estos metros cuadrados atiborrados de gente común, gente que despierta, que sale de casa, que compra verduras y regresa con las nuevas noticias policiales. No y mil veces no. ¿Qué podrían ustedes esperar, entonces, de mí? ¿Qué habrían de esperar de este hombre andando los caminos de supervivencia? ¿Qué podrían adquirir de interesante de un individuo chapado en el caño de su juventud? Solo él, el artista con el llamado, el ilustre con la capacidad en el alma: sólo él que andando mis caminos encuentra sorpresas en los perros que ladran tras la reja; el que no huye y se enfrenta a los pormenores de la vida, el que le hace frente y retaguardia a los errores del destino: el que sólo abre los ojos y ve, como podría yo ver si tuviera la capacidad suya, toda naturaleza desnuda tras la mica de las gafas viejas.
El arte no se hizo para los poetas, los poetas no nacen bajo la custodia de los dioses [en esto Virgilio estuvo equivocado]: el arte corre de nuestras manos para fundarse en sitios que nunca habrán de dilucidarse. Caso perdido, como el ahora, que yo regreso del mercado y hojeo los diarios y observo bellas imágenes que mi mente nunca podrá dar a luz. Caso perdido, como mañana, que nuevamente saldré de casa, que le oiré a vendedores su desdichada vida pero que aún así son felices porque -en palabras de ellos- es una nueva oportunidad para aprovechar las bonanzas del destino. Yo regresaré a la habitación y leeré -como todas las mañanas- los periódicos, como todas las oportunidades perdidas mis hojas y encontraré un poema en donde hable de un hombre miserable, quizá de algún vendedor o de otro similar, que abre los ojos ya no para despertar, sino para no dormirse nunca. Tal vez halle otro escrito del mismo hombre pero ahora más triste: yo lo nombraré de cierto peculiar modo, yo lo haré vivir aquí dentro, lo abrazaré ahí mismo, haré que nunca muera. En esto Virgilio y todos los poetas se han equivocado. Yo, de modo sincero, pido disculpas por su falta.
El arte no se hizo para los poetas, los poetas no nacen bajo la custodia de los dioses [en esto Virgilio estuvo equivocado]: el arte corre de nuestras manos para fundarse en sitios que nunca habrán de dilucidarse. Caso perdido, como el ahora, que yo regreso del mercado y hojeo los diarios y observo bellas imágenes que mi mente nunca podrá dar a luz. Caso perdido, como mañana, que nuevamente saldré de casa, que le oiré a vendedores su desdichada vida pero que aún así son felices porque -en palabras de ellos- es una nueva oportunidad para aprovechar las bonanzas del destino. Yo regresaré a la habitación y leeré -como todas las mañanas- los periódicos, como todas las oportunidades perdidas mis hojas y encontraré un poema en donde hable de un hombre miserable, quizá de algún vendedor o de otro similar, que abre los ojos ya no para despertar, sino para no dormirse nunca. Tal vez halle otro escrito del mismo hombre pero ahora más triste: yo lo nombraré de cierto peculiar modo, yo lo haré vivir aquí dentro, lo abrazaré ahí mismo, haré que nunca muera. En esto Virgilio y todos los poetas se han equivocado. Yo, de modo sincero, pido disculpas por su falta.
De: Soliloquiorum libri
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