viernes, 9 de noviembre de 2012

XVIII



¡Una fotografía! Quién fuera una fotografía liberada de la mirada de un fotógrafo. Quién la naturaleza encerrada en la lente de un aparato. ¿Quién? Por supuesto yo no. No soy quien está llamado a perpetuar el mundo tras el iris del artista. Yo no soy el que posee la capacidad de atrapar los momentos de la vida, los instantes de la vida que, indudablemente, ya se me han escabullido por las telarañas de las venas. No. Irrefutablemente no soy yo el que descubre el universo a cada paso. Yo que no salgo de casa sino es para comprar souvenirs de alguna tienda de turismo; yo que siempre agosto las calles en pos de cansar mis piernas; yo que he sido [y que eternamente seré] el individuo asiduo a concurrir las carnicerías, en visitar los mercados en donde lo único extravagante -exageradamente sorprendente- son las conversaciones con aquel vendedor a quien su esposa le es infiel, a quien los hijos han dejado por ser un simple carnicero [no haber salido de la mazmorra de su infancia resultó demasiado caro]. No es aquí donde el camarógrafo encuentra un sitio seguro. No. Ni aquí ni allá en todos estos metros cuadrados atiborrados de gente común, gente que despierta, que sale de casa, que compra verduras y regresa con las nuevas noticias policiales. No y mil veces no. ¿Qué podrían ustedes esperar, entonces, de mí? ¿Qué habrían de esperar de este hombre andando los caminos de supervivencia? ¿Qué podrían adquirir de interesante de un individuo chapado en el caño de su juventud? Solo él, el artista con el llamado, el ilustre con la capacidad en el alma: sólo él que andando mis caminos encuentra sorpresas en los perros que ladran tras la reja; el que no huye y se enfrenta a los pormenores de la vida, el que le hace frente y retaguardia a los errores del destino: el que sólo abre los ojos y ve, como podría yo ver si tuviera la capacidad suya, toda naturaleza desnuda tras la mica de las gafas viejas.

El arte no se hizo para los poetas, los poetas no nacen bajo la custodia de los dioses [en esto Virgilio estuvo equivocado]: el arte corre de nuestras manos para fundarse en sitios que nunca habrán de dilucidarse. Caso perdido, como el ahora, que yo regreso del mercado y hojeo los diarios y observo bellas imágenes que mi mente nunca podrá dar a luz. Caso perdido, como mañana, que nuevamente saldré de casa, que le oiré a vendedores su desdichada vida pero que aún así son felices porque -en palabras de ellos- es una nueva oportunidad para aprovechar las bonanzas del destino. Yo regresaré a la habitación y leeré -como todas las mañanas- los periódicos, como todas las oportunidades perdidas mis hojas y encontraré un poema en donde hable de un hombre miserable, quizá de algún vendedor o de otro similar, que abre los ojos ya no para despertar, sino para no dormirse nunca. Tal vez halle otro escrito del mismo hombre pero ahora más triste: yo lo nombraré de cierto peculiar modo, yo lo haré vivir aquí dentro, lo abrazaré ahí mismo, haré que nunca muera. En esto Virgilio y todos los poetas se han equivocado. Yo, de modo sincero, pido disculpas por su falta.



De: Soliloquiorum libri
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martes, 6 de noviembre de 2012

XVII



Pienso en libertad y viene a mi mente la imagen de la mariposa. Insecto que viaja, que solo viaja a donde el viento lo empuje. Pero me gusta verlo de ése modo, imaginarme, fracasar imaginarme, ser todos los insectos, incluso todos los reptiles. En mis manos poseo la libertad tautológica, las sensaciones pueriles de que yo mismo no sería capaz, si quiera, se imaginarme tal como soy; que dispongo de ciertos medios para hallarme donde no se me da sitio, que viajo como podría viajar cualquier hombre de negocios enclaustrado en un escritorio. Si cierro los ojos y trato de sentirme libre no es para huir de cierta realidad exhumada en el cigarrillo, trato de curar a través de mí lo que nunca debió abrirse, rascar y coser una tela que diario habito en pluralidad; es no sentirse libre de sí porque hay algo que perdimos al entregamos, algo que alguien no quiso por no estar en sus planes, que alguien dejó esperando en alguna sala de hospital o que alguien prometió visitar a un preso inocente; es para acumular más nostalgia, más sitios inhabitados en la oscuridad de los ojos; es ponerse cada vez más triste al inventar las cosas que a uno podrían hacer feliz y que, sin embargo, hieren, lastiman como cuando a uno le son cortadas las alas o amputan la vida para refrenarse en un estante de un coleccionista. 

Si digo más es porque no sé explicarme.




De: Soliloquiorum libri



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lunes, 5 de noviembre de 2012

XVI




Negarme es confirmar que yo, tal vez, existo. Es volverme a negar [una y tantas veces] ante mis sensaciones. No doy cavidad para encontrarme, hacerlo sería quedarme simplemente parado como las sucias estatuas, menguarme cada día sin responsabilidad de un posible mañana lleno de fracasos, de un ahora no existente porque yo ya no sería el ahora ni el aquí, sería como ser lo supuesto, lo hipócritamente supuesto de lo que realmente soy. Negarme es Yo, poeta imaginario.




De: Soliloquiorum libri



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XV



Me gusta imaginar que mis palabras son una mariposa volando por un campo floreciente. Yo he andado infinidad de valles esparciendo semillas como un campesino que ara la tierra. Ignoro si aquellas simientes alguna madrugada florecerán para dar fruto. Solo ando con la esperanza puesta en mis manos, únicamente doy pasos entre las líneas para hundirme más entre los surcos: no dejo de ser yo el producto de mí mismo. 




De: Soliloquiorum libri


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XIV

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CONTRACANTO


Cierro los ojos; en toda esa lucidez veo un muro.




De: Soliloquiorum liber



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sábado, 3 de noviembre de 2012

XIII



Yo percibo a cada paso la ausencia de la noche. Siento dentro de mi alma que alguien va a entrar por la puerta que está cerrada desde la mañana de mi infancia. Siento al aire sonreír por aquellos sitios que se han ocultado a mi mirada, que se van para, tal vez, ya no volver al iris de mis impresiones. Yo mismo me he perdido por la falta de asombro. Es verdad, no soy el niño que ayer pensaba transmutar su juventud, del adolescente pensando crear un Universo que contenga [y me contenga] con el más alto aliento de prolífica lucidez. Hoy me hago viejo con estas palabras que sigo dictándome en la consciencia de mi mente; sigo, indudablemente, triste por aquellos sitios que dejé de recorrer por orden del destino, por naufragio de la certeza que jamás llegó a mis manos [y si llego, pensé que no me serviría de nada en esta espiral que se me dicta en laberinto].

Hoy se me ha hecho tarde la salida del viaje de la vida. Se me hizo tarde el destino para caminar por las estaciones concurridas de ademanes. Yo añoraré, algún día, estar arriba de aquel autobús que me divagará por ciertas partes del mundo, de despedirme de alguien con cierta felicidad comprimida en mis ojos, de prometer volver al sitio que me mantuvo con benevolencia en la misma llaga del viaje no decidido, de ver a aquel muchacho con la tristeza expuesta levantando la mano, despedirme y aferrándose a un porvenir del día no de mañana. Abriré la ventana y me veré, ahí también, despidiéndome, acostumbrándome sin mí, con la maleta a un lado saludando a quien parte, moviendo mis huesos -a desvoluntad- hacia la puerta del vagón, hacia el sitio de salida. Yo estaré en el autobús, en la terminal, en todas partes donde un hombre sienta nostalgia al despedirse. Estaré ahí con toda esa gente alzando la mano sin saber si quiera, si despido o doy la bienvenida; caminando a tientas, deteniéndome con certeza: soy un equipaje, un bulto no documentado que  olvidé en la sala del destino.





De: Soliloquiorum libri


XXVII

[Pasaje] Fumo y bebo sin descanso t anto como algún día soñé fumarme y embriagarme de la vida,  y no lo hice. De: Soliloquior...