100692
Y estos recuerdos se
mantenían independientes,
unidos apenas por el
nombre."
Juan Carlos Onetti
Estoy sentado a la orilla del Universo. Avizoro dos constelaciones
bifurcándose frente a mí. Yo sigo siendo la fiel mirada de las cosas que
llegan, que se pierden sin motivo. Anoche también estuve aquí; sin embargo,
este olor, estas imágenes y esta finitud no es la misma que hace unas pocas
horas pudieron arraigar mis manos; no es la igual manía sucumbiendo por
energías premeditadas; no, no es el aquí que ahora presto viene para
circundarme, rodearme de juegos como un animal hambriento. Porque yo, quizá, no
soy el que está ahora allí, sentado, esperando irrumpir alguna ventana abierta
y pasar [como quien pasa después de la luz roja] hacia otro horizonte para
encontrar, de una vez por todas, aquella ventana que por tantos años estuvo
construyéndose. Mis sueños no son el arquetipo de mis sensaciones y este
Universo no es la noche. Pero algo se ha roto. Algo rompe esta caja de
contradicciones. Veo, detrás de mí, un ente-materia ahogándose en sus propias
venas, un Quizá sobresaliendo por detrás de sí para verse hacía sí mismo, para
sentarse junto a sí mismo y esperar, también, ese Universo que habría de
penetrarnos de una forma vulgar y escandalosa. Si en este momento la noche no
fuera noche, yo sería la oscuridad abrazando al padre; si mis manos no tuvieran
sus mismas divisiones, yo sería otro, tal vez el mismo en otro cuerpo, con las
mismas pero siempre distintas sensaciones: la tristeza ya no sería tristeza
sino la palabra que brota, que nace como las estrellas.
Y bien, sigo. No me detengo. Nada puede frenar los instintos. He
decidido construir mis cadenas y quedarme varado a la diestra de mí mismo. Un
instante no me sirve si yo continúo en este sueño postergado, camino de
constelaciones amarrados como una cebolla [serpiente enredada en el universo de
la vida]. Miro y es la última vez que me encuentro mirando el vacío. Mañana
quizá nazca y vuelva a ser el mismo que aquí estuvo ahogado en los espermas de
la noche. Yo, digo, no hay por qué temer: aún no es la hora, después habrá
tiempo para saludar, como si fuera la última vez, al sol.
De: Soliloquiorum libri
.
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