lunes, 22 de octubre de 2012

XII

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En cada lectura que realizo, veo sueños comenzando a germinar en lo negro de las letras. Aquella hipótesis vuelve y yo sigo sin poder concluir un resultado que abarque mis sensaciones en todo el esplendor de la belleza. Por las mañanas camino entre las calles de este cementerio, no puedo dejar de observar a toda esa gente de los parques amotinándose como pájaros salvajes sobre los metales. No tiene caso quedarme varado en el escenario de la vida, no tiene caso quedarme con la imagen del destino. Yo soy como cierto imán atrayendo para sí cada sensibilidad del alma, cada momento del día que continuamente se repite ante mis ojos al abrir la ventana. Por momentos pienso en las cosas que se me han escapado entregándome al sueño, cada año es una postal colgada en la pared del futuro, cada pasado es el presente golpeando la puerta queriendo entrar para anidarse en los muebles viejos de la casa. Pero vuelvo y estoy en el sitio de siempre. No trato de entenderme. Hacerlo sería encontrarme nuevamente en el mismo lugar, con la misma ropa que ayer tuve y que hoy vuelvo a usar no por falta de prendas, sino por evitar el ritual de la estética, por aplazar el tedio y el cansancio que me producen al pensar unir un color con otro: para mí la belleza es ignorar los ciclos del universo, es saber, no comprendiendo, por qué dentro de aquella oscuridad surgen galaxias cargadas de luces y colores que, quizá, ni ellas supieran explicarse. ¿Cómo podría yo entender así la belleza?, ¿cómo sería capaz, si quiera, de poseer belleza en mis palabras? Mi corazón es un muérgano latiendo por la monotonía de la sangre, un asterisco colocado al final de cierta página no escrita. A veces pienso que cierta discapacidad es un alivio; si yo fuera aquel hombre a quien le faltara un brazo, aquella gente que tuviera su vida colgando de una silla de ruedas, el enfermo hablando con la sombra del árbol, este niño con una deformidad en el rostro... la gente se compadecería de mí, la gente, por lastima, me dirigiría un saludo, me arrojaría una moneda o algunas palabras de aliento; la ausencia de cariño menguaría al sentarme en la banca, yo quedaría abierto de brazos para dar la bienvenida al cariño; yo conocería la felicidad en la puerta de mis ojos y rebozaría contento mientras termine el día; yo sería el pobre hombre que no tiene sino la lastima de la gente que pasa frente a mí, de todos los que me ven desde lo lejos y, aún así, sienten compasión; de los que piensan que mi vida es un castigo cometido por mis padres, de los que, incluso, me miran con indiferencia y repugnancia, de ellos tendría el aliento compasivo de compadecerse de mí. Pero mi problema es otro, ¿cómo hacerles saber a ellos que sufro?, ¿cómo demostrar en mis brazos, en mis piernas, en mi rostro que yo necesito su compasión, su cariño? Sufro un mal que no tiene visibilidad exterior, ante la ignorancia de un Dios quedo perplejo de su indiferencia. Sólo mi Alma sabe que yo he llorado al ver caer la lluvia de esta noche, mi lucidez no me sirve de nada en esta hora en que sigo hojeando un libro que también sufre, que imaginariamente sufre y que yo sufro al saber que no es verdad. Ni siquiera trato de entender la vida [yo no estuve hecho para eso] sino mi inteligencia [innecesaria] que tontamente devora un conocimiento que a nadie de mis hermanos le sirve. Yo soy un poeta discapacitado de la vida que así como podría necesitar de un libro, así también puede necesitar de un abrazo.






De: Soliloquiorum libri.



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