sábado, 26 de enero de 2013

XXVI


- ¿Por qué no toma, también, las frutas podridas y las mete en su canasto?
- Porque esas frutas no sirven.
- Si las frutas supieran que no sirven, ¿acaso seguirían tan vivas? O si ellas vivieran pensando que alguien, como usted, algún día las tomará ¿no cree que valdrían lo mismo que las frutas que no están podridas? Tome en cuenta que ellas no son culpables de que ellas ignoren que no sirven, por algo siguen aquí y por alguna razón ellas piensan que aún en su estado podrían ser útiles. Podrán ellas tomar parte de su mesa en forma de aperitivo o de agua fresca ¿no lo cree? 
- Verdaderamente no lo creo. Esta clase de frutas no las escoge nadie.
- No las escoge nadie porque todos estamos enclaustrados en la ideología de que lo servible sirve. Piense un momento en que usted es aquella fruta, no ésta que está tan podrida, pero sí la que ya presenta magulladuras. ¿No cree que usted también aspiraría a una segunda oportunidad?
- ¿Una segunda oportunidad? Aquí no se trata de que si yo soy esto o lo otro, amigo, esta fruta ignora lo que es porque es una simple fruta y usted no debe de perder el tiempo en creer lo que ellas pudieran sentir. Yo tomo las frutas que sirven y asunto arreglado.
- ¿Y quién le dice que ellas no pudieran servir? Usted ha perdido una oportunidad al nacer, al caer el vientre materno; usted quedó de una forma tan indefensa que si no fuera por los cuidados de su madre, hubiera muerto, hubiera perdido la vida... moriría de hambre y en pocos días comenzaría a sentir la necesidad de necesitar a alguien, al no hallarla se secarían sus fuerzas de lucha y se convertiría en una fruta comenzando a pudrirse... pero los dioses le dieron una segunda oportunidad, lo han puesto frente a mí, a mí frente a usted y a las frutas frente a nosotros. ¿No es obligación nuestra tomarlas y darles cuidado? Piense por un instante y aléjese de la idea del Dios de nuestros ancestros, olvide la falsa metáfora de quemar la vid porque ese Dios no es un Dios compasivo, sino un Dios de utilería. Nosotros no somos la mano que corta, somos la mano que recoge; no somos la palabra que condena y salva, somo la palabra permaneciendo sin indiferencia ante las vicisitudes de la vida; imagine creer en un Dios de brazos y piernas rotas y sea usted Dios con Todos: tome la fruta y salve el alma del rechazo. La fruta que ahora desecha puede sorprenderlo poseyendo un sabor que, quizá, las frutas más verdes o las más conservadas pudieran poseer, ellas han guardado su alma y la han dejado morir con lentitud por diversos motivos que nosotros ignoramos pero nadie nos asegura que ellas no contengan ese elemento que buscamos en las demás, usted es Dios y sabe que esa fruta podrida puede amenizar su mesa, usted es Dios y Dios por su propia naturaleza está destinado a salvar las almas.
- No lo entiendo.





De: Soliloquiorum libri.


.

1 comentario:

  1. Todo un placer encontrarte por aquí y en todos lados. Te mando un gran abrazo.

    ResponderEliminar

XXVII

[Pasaje] Fumo y bebo sin descanso t anto como algún día soñé fumarme y embriagarme de la vida,  y no lo hice. De: Soliloquior...