miércoles, 23 de enero de 2013

XXIV


          Esta incapacidad de sentir las palabras... Estas palabras dichas porque sí... Estos envoltorios apilados en la consciencia de que la escritura es completamente inútil... sé que lo que no vale la pena es de lo que mayormente se siente, se habla y se escribe...
       

          No encuentro la hora marcada en el sonido ni he visto, dentro de mi sitio, la parvada de aves que me habrán de señalar el camino hacia casa. Camino como quien camina de regreso al sitio que lo acoge con vehemencia, ando sin equipaje porque me sé completamente innecesario para mí, yo he sufrido la plaga de habitar las ropas que no me enseñaron a vestir pero que, al no tener opción de habitad, las visto y me reconforto entre los espasmos de una maldición acaecida dentro de un lapso de tiempo mayor a la edad que, consciente, sigo merodeando y seguiré merodeando hasta que, al final, encuentre el sitio para abandonar el alma.


          Ya no encuentro porque no busco, no busco porque es banal toda búsqueda [yo sé a qué hago referencia en este punto].


          Espero a la vida que resulta de un escupitajo cuando me siento enfermo. Mi alma bosteza y mi fe no avizora el cuadro donde tome parte de entorno. A diferencia de los ciegos, yo no poseo los ojos ni la sensibilidad de entender las cosas con el alma; mi fe es ciega, realmente ciega por carecer de ojos.


          Me conformo en contradicciones, no soy quien sostenga una idea por más de un día, me alegra no saber lo que realmente pienso, me contenta entender que, no sintiendo, hable de lo que creo sentir y exponga lo que, creyendo sentir, después me reconforte con aquello que realmente pude haber sentido.


          El ejercicio del menosprecio yace en las sensaciones que crecen en mí... este momento de hablar no importándome la vida... este sinsentido de encontrarme en la estupidez... este saberme estúpido, completamente estúpido, lleno de este estado catártico no dejándome dormir...


          Este malogrado instante en que encuentro la futilidad de la escritura escribiendo...




De: Soliloquiorum libri.


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