Nunca conocí la amistad. Mis amigos
fueron como la importancia que yo tenía para mí mismo: no supe realmente cuán innecesario puede ser uno para sí. Siempre rehuía de las reuniones sociales
porque cada nuevo reencuentro era una carga llenando el tedio que destilaba
personalidades fraccionadas de acuerdo al instante. Nunca me sentí a gusto ni
mucho menos acompañado, soy simple definiéndome ante las personas que buscan
cierto trato conmigo; soy quien no pueden mantener cierta
conversación de interés incluso para mí; así ¿cómo podría yo relacionarme con
los demás? ¿Qué oportunidad tendría ante ellos para poder convencerme de que
toda esa disponibilidad de atención era por afecto? No, junto
a las personas de mi trato continuo sentíamos cierta repulsión el uno del otro;
posiblemente habrán tenido hacia mí cierta simpatía, tal vez ellos pensaron
hallar un amigo para conservar a través de los años, para llegar a viejos y
seguir reuniéndonos, como hasta ahora, y charlar de ciertas cosas que, aun
banales, eran punto de reunión. Nuestro error fue que cada uno era completamente distinto a nosotros. Al
final, todos me defraudaron y a todos defraudé, fui alejándome, deseché todo código de amistad, cualquier dogma
vulgar que atañera el trato con terceras personas. De nadie me preocuparía y
nadie tendría por qué preocuparse por mí.
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Soy un animal de estructura simple: solitario. Jamás pude verme encerrado o unido ante aquellos lazos que la gente busca unir para cumplir con su meta de vida; fui algo así como un mendigo que, tras haber cargado durante incontables años aquel equipaje, hoy se da cuenta que todas aquellas cosas no eran sino bisuterías que podía adquirir en cualquier mercado. Decidí abandonar toda relación que implicara un flirteo con los demás seres. Resultó de ésto un abandono por mí mismo, un desapego hacia mis sentidos externos y un meandro de inútil necesidad para con lo otros. Pude concebirme, al final, fracasado pero dentro de la consciencia, uno de los mayores logros a los que yo incluso podría aspirar. Nunca deseé algo para mí y este estado me sería negado así yo me empeñara en cuidar cada día su asertiva respuesta. Podría ser lo contrario de aquella historia o la fiel imagen de aquella situación en donde yo desempeñara el papel natural de todas las cosas. Sería aquella rosa valiéndose por sí misma para sobrevivir ante las inclemencias del tiempo, aquel ser capaz [o incapaz] de lograr despreciar todo trato con quienes buscan cuidarme: la historia me daría la razón, alejar al jardinero y quedarme solo. Él se iría dejándome, él buscaría a otro amigo, yo me buscaría a mí mismo.
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Luchar por los sueños es una de las tantas tareas fútiles de la vida. Conservar a un amigo es hacer validos los sueños y los sueños, como las demás cosas, jamás merecen traspasar la linea de lo real. Entre una palabra y otra existe un universo intangible: sólo nosotros [físicamente existentes] podemos encerrarnos en el silencio que no es sino nuestra propia casa: tenemos la obligación de volver a nuestra ratonera, de caminar en la espiral que habrá de encontrarse contra el muro de algún igual que yace encerrado en las palabras del sabio. Ser no equivale a ser, es el producto de autonegarnos, de ser no siendo para encontrar la clave, si es que, en esta vida, existieran de verdad, los enigmas y las claves.
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Luchar por los sueños es una de las tantas tareas fútiles de la vida. Conservar a un amigo es hacer validos los sueños y los sueños, como las demás cosas, jamás merecen traspasar la linea de lo real. Entre una palabra y otra existe un universo intangible: sólo nosotros [físicamente existentes] podemos encerrarnos en el silencio que no es sino nuestra propia casa: tenemos la obligación de volver a nuestra ratonera, de caminar en la espiral que habrá de encontrarse contra el muro de algún igual que yace encerrado en las palabras del sabio. Ser no equivale a ser, es el producto de autonegarnos, de ser no siendo para encontrar la clave, si es que, en esta vida, existieran de verdad, los enigmas y las claves.
De: Soliloquiorum libri.
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