Después de la travesía viene la calma.
Después de la calma ahonda un sosiego, el sosiego inevitable de estar postrado
ante mí mismo no como un espejo, no como un igual, sino como algo totalmente
distinto a mí. No hay distinciones entre lo que soy de esta mañana a lo que fui
en esta noche, no hay caminos porque ya todos los caminos los pude haber
recorrido en las plazas que quedaban detrás de mis pasos; no hay tranvías
circulando a esta hora en que todos celebran, ya en casa, el nuevo día que
aparece al unísono de las 12 campanadas. [Inclusive yo no sé si sigo la cuenta
del reloj de la iglesia o si ya, de una forma natural e instintiva, voy
contando en mi mente los ausentes ruidos del día por venir.] Había pensado,
después del amanecer, quedarme en casa porque no tengo si quiera las ganas de
salir, la motivación de traspasar la puerta, de bajar las escaleras y saludar a
Esteban con el monótono saludo que, a modo de oración, ambos compartimos con
tal religiosidad. No tengo el ahínco de transbordar los autobuses que me habrán
de petrificar, al final, 10 horas a un estante, estalactítico sitio que
comparte mi tedio del día laboral. De compartir con la gente ese horrible
estado de trato social; de conversar con lengua y manos cada 5 minutos con
desconocidos necesitados de información. ¿Qué podría yo saber de lo que ellos
realmente necesitan? ¿Cómo podría yo ayudarles, siendo mediadora, a aprender lo
que obligadamente les encomiendan, lo que por instantes tienen que aprender y
que después desechan como desecharían una fruta podrida hallada en la cesta?
Porque todo lo que yo puedo ofrecerles es eso, frutas frescas, variedad de
frutas frescas que, al rozarlas con sus pensamientos terminan pudriéndose en
sus manos. Pero les gustan [¿qué puedo hacer de ello?] todos los frutos
maduros, los sabores exquisitos, los conocimientos nuevos. Pero les gusta [¿yo
qué podría hacer ente ello?] dejar que ese sabor se pudra y llene de gusanos.
Así es la monotonía de hoy a cinco años atrás. El mismo problema con la
distinta gente que llega hasta mí porque cree entender que yo poseo el
conocimiento obligado, la disponibilidad obligada de acudir a ellos cuando los
13 infinitos pasillos se pierden en su desesperanza de no encontrar lo que
buscan.
Nadie encuentra nada [y quien lo
encuentre, ha de sentirse miserable porque se dará cuenta que ése hallazgo no
ha sido más que una mentira]. Todo lo que la vida provee no son sino espejismos
de un ideal jamás saboreado. Todo lo que el destino destina son fatuas imágenes
que sólo en sueños podemos realizar. Todo lo que uno sueña son sueños, sueño
dentro de sueños que jamás han de salir de nuestra mente. Yo comprendo esto y
gracias a este entendimiento es que, a gratitud, no soy ni completamente dichosa
ni completamente miserable. Nuestra existencia no surge de la causalidad sino
del tedio y es que bajo este tedio debiéramos de tratar de vivir para suerte
nuestra. Por algo tenemos sensaciones. Por algo tenemos sueños. Nada se nos
está destinado y nada deberíamos de esperar. El tiempo no es sabiduría, son
solo instantes en donde cada uno de nosotros aplaca, de forma pasiva, aquel
momento. En el pasado no influye el tiempo, confluyen instantes, viejas
saudades que nos devuelven a una infancia, tal vez, añorada, a una juventud,
mediocremente, salvada por cada uno de los recuerdos que a mal hora se nos
escabulleron de los planes.
Hoy ya no es hora de hacer planes,
mañana los creeremos innecesarios. Los planes son del día anterior a hoy, no
del presente ni del futuro cuando ya no hacen falta. Nos despertamos pensando
en el plan trazado en el pasado y así deberíamos de vivir. Porque no existe
verdaderamente el mañana sin un plan pasado. El mañana es respuesta, es método,
no es un logro por el que debiéramos orgullecernos porque bien sabemos que no
valen la pena los logros, valen la pena los instantes y los instantes son del
día de ayer, hoy es el tiempo del fracaso, del dormir ya sin sueños. Hoy vale
la pena únicamente dormir, acostarnos y esperar el mañana ya sin sueños, ya sin
logros por vencer. Dormir para seguir ayudando a la gente, seguir el tedioso
trato con la gente que, aún cree en los sueños del mañana. Ahora sé lo que
realmente necesitan, ahora, comprendo que mi tarea es compartirles aquella fruta
fresca que habrá de pudrirse en sus manos.
De: Soliloquiorum libri.
.
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