viernes, 11 de enero de 2013

XXI


              Después de la travesía viene la calma. Después de la calma ahonda un sosiego, el sosiego inevitable de estar postrado ante mí mismo no como un espejo, no como un igual, sino como algo totalmente distinto a mí. No hay distinciones entre lo que soy de esta mañana a lo que fui en esta noche, no hay caminos porque ya todos los caminos los pude haber recorrido en las plazas que quedaban detrás de mis pasos; no hay tranvías circulando a esta hora en que todos celebran, ya en casa, el nuevo día que aparece al unísono de las 12 campanadas. [Inclusive yo no sé si sigo la cuenta del reloj de la iglesia o si ya, de una forma natural e instintiva, voy contando en mi mente los ausentes ruidos del día por venir.] Había pensado, después del amanecer, quedarme en casa porque no tengo si quiera las ganas de salir, la motivación de traspasar la puerta, de bajar las escaleras y saludar a Esteban con el monótono saludo que, a modo de oración, ambos compartimos con tal religiosidad. No tengo el ahínco de transbordar los autobuses que me habrán de petrificar, al final, 10 horas a un estante, estalactítico sitio que comparte mi tedio del día laboral. De compartir con la gente ese horrible estado de trato social; de conversar con lengua y manos cada 5 minutos con desconocidos necesitados de información. ¿Qué podría yo saber de lo que ellos realmente necesitan? ¿Cómo podría yo ayudarles, siendo mediadora, a aprender lo que obligadamente les encomiendan, lo que por instantes tienen que aprender y que después desechan como desecharían una fruta podrida hallada en la cesta? Porque todo lo que yo puedo ofrecerles es eso, frutas frescas, variedad de frutas frescas que, al rozarlas con sus pensamientos terminan pudriéndose en sus manos. Pero les gustan [¿qué puedo hacer de ello?] todos los frutos maduros, los sabores exquisitos, los conocimientos nuevos. Pero les gusta [¿yo qué podría hacer ente ello?] dejar que ese sabor se pudra y llene de gusanos. Así es la monotonía de hoy a cinco años atrás. El mismo problema con la distinta gente que llega hasta mí porque cree entender que yo poseo el conocimiento obligado, la disponibilidad obligada de acudir a ellos cuando los 13 infinitos pasillos se pierden en su desesperanza de no encontrar lo que buscan.
          Nadie encuentra nada [y quien lo encuentre, ha de sentirse miserable porque se dará cuenta que ése hallazgo no ha sido más que una mentira]. Todo lo que la vida provee no son sino espejismos de un ideal jamás saboreado. Todo lo que el destino destina son fatuas imágenes que sólo en sueños podemos realizar. Todo lo que uno sueña son sueños, sueño dentro de sueños que jamás han de salir de nuestra mente. Yo comprendo esto y gracias a este entendimiento es que, a gratitud, no soy ni completamente dichosa ni completamente miserable. Nuestra existencia no surge de la causalidad sino del tedio y es que bajo este tedio debiéramos de tratar de vivir para suerte nuestra. Por algo tenemos sensaciones. Por algo tenemos sueños. Nada se nos está destinado y nada deberíamos de esperar. El tiempo no es sabiduría, son solo instantes en donde cada uno de nosotros aplaca, de forma pasiva, aquel momento. En el pasado no influye el tiempo, confluyen instantes, viejas saudades que nos devuelven a una infancia, tal vez, añorada, a una juventud, mediocremente, salvada por cada uno de los recuerdos que a mal hora se nos escabulleron de los planes.
          Hoy ya no es hora de hacer planes, mañana los creeremos innecesarios. Los planes son del día anterior a hoy, no del presente ni del futuro cuando ya no hacen falta. Nos despertamos pensando en el plan trazado en el pasado y así deberíamos de vivir. Porque no existe verdaderamente el mañana sin un plan pasado. El mañana es respuesta, es método, no es un logro por el que debiéramos orgullecernos porque bien sabemos que no valen la pena los logros, valen la pena los instantes y los instantes son del día de ayer, hoy es el tiempo del fracaso, del dormir ya sin sueños. Hoy vale la pena únicamente dormir, acostarnos y esperar el mañana ya sin sueños, ya sin logros por vencer. Dormir para seguir ayudando a la gente, seguir el tedioso trato con la gente que, aún cree en los sueños del mañana. Ahora sé lo que realmente necesitan, ahora, comprendo que mi tarea es compartirles aquella fruta fresca que habrá de pudrirse en sus manos.




De: Soliloquiorum libri.



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