domingo, 20 de febrero de 2011

Soliloquiorum libri

No sé qué caso tenga escribir aquello que atañe únicamente a quien lo taquigrafía. Ha de tener un propósito el realizarlo, y, más que propósito, quisiera llamarlo necesidad de que, ese, otro (alguien), pueda adentrarse a lo que uno, como escritor, quiere que ese alguien entienda o interprete. Pero sigo insistiendo ¿para qué la palabra? ¿Para qué engañarnos con palabras y engañar a otros con nuestras palabras? ¿Qué caso tiene el llenar de tinta hojas y hojas si lo que bien podríamos escribir, bien lo podríamos decir? Por otro lado, siempre he pensado -y lo seguiré haciendo- de que la palabra, así como nos dice Jorge Fernandez Granados, es un mal hereditario, y no porque sea malo hablar, si no porque no a todos, se nos ha permitido hablar. Yo me considero uno de aquellas personas a quien la palabra de sonido es bastante errada y equívoca. No sé. No lo sé y para qué indagar tanto en ello (aquí nuevamente caígo en hablar y hablar un sin-sentido en el que yo excusivamente entiendo las cosas).

Si a Luis, a Ludwig o a Luis le es negado el sonido ¿qué más da que palabré tantas incoherencias? ¿Qué más da si lo que ellos dicen son para ellos mismos? Si a Luis, a Ludwig y a Luis les es negado la palabra, pues que a Luis, a Ludwig y a Luis le sea negada la palabra. Nada más. No un campo si no el campo para ellos. ¿Ellos? Llámenle egocentrísmo o llámenle encierro. Pessoa me ha ido enseñando que nosotros somos un basto campo de azulejos, tenemos tantas tonalidades como deseemos pero siempre siendo nosotros y no siempre siendo nosotros. Así que "se[amos] plural como el universo", seamos los tantos y tantos que habitan el Yo de nuestro propio yo: cambiante, alucinante, realista y egocentrico. No podemos llegar a conocernos si no desconocernos pero de una forma consciente. Así que, lector, bienvenido a mi mundo, a la poesía de la desilución, a la poesía del Yo para un yo inocuo, triste, melancolico, solitario, realista... hipocrita. Aprovecha el mundo que podría exponerte de mi y burlate que yo, todavía no existo.

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XXVII

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